Darwin, en su obra más conocida, El origen de las especies, planteó que la aparición repentina de la vida compleja en la Tierra representaba un enigma sin solución. El registro fósil de la época mostraba la emergencia abrupta de diversos organismos, desde artrópodos similares a crustáceos hasta ancestros de las actuales estrellas de mar o esponjas marinas. Este fenómeno, conocido como explosión cámbrica, tuvo lugar hace aproximadamente 540 millones de años.
Según explica Max Telford, profesor de Zoología y Anatomía en la UCL, esta idea podría estar siendo cuestionada. Se refiere a una reciente investigación publicada en la revista Systematic Biology, liderada por el paleontólogo Graham Budd y el matemático Richard Mann, que propone una solución a este antiguo dilema biológico, vigente durante más de un siglo y medio.
El estudio sugiere que el reloj molecular –la herramienta que estima el tiempo evolutivo basándose en mutaciones genéticas– no opera de manera constante. Por el contrario, su velocidad puede variar según el contexto biológico, lo que podría revolucionar el estudio de la evolución de la vida en la Tierra.
Diferencias en el tiempo biológico
Tradicionalmente, se ha asumido que los cambios genéticos se acumulan a un ritmo constante, similar al tic-tac de un reloj. Sin embargo, al aplicar este modelo, los científicos encontraron un problema: las primeras formas de vida compleja deberían haber surgido hace unos 570 millones de años. Esto implica una brecha de 30 millones de años en comparación con los fósiles más antiguos encontrados en las rocas.
Esta discrepancia temporal llevó a los expertos a considerar la posibilidad de que un gran número de especies no hayan dejado registro fósil, quizás porque eran demasiado blandas o pequeñas para preservarse. No obstante, la nueva teoría de Budd y Mann sugiere que el problema reside en la calibración del sistema de datación molecular.
Una aceleración del proceso evolutivo
La propuesta indica que, cuando emerge un nuevo grupo de organismos, la evolución se acelera durante los primeros millones de años. Al aumentar la velocidad del reloj genético en momentos clave, los cambios en la apariencia de los animales se producen más rápidamente.
Esto permitiría que las ramas del árbol de la vida se diversificaran en formas tan distintas como moluscos o vertebrados en un período de tiempo mucho más corto de lo que se pensaba, resolviendo la mencionada brecha de 30 millones de años.
Repercusiones en la historia natural
Este ajuste en la maquinaria evolutiva sincroniza los datos genéticos con las evidencias encontradas en los yacimientos geológicos de todo el mundo. La idea de una tasa de mutación variable explica por qué los restos físicos aparecen de forma tan repentina, ya que el proceso de transformación fue más rápido de lo que se estimaba hasta ahora.
Si se valida este nuevo modelo de reloj evolutivo, podrían resolverse otros debates científicos importantes, como los relacionados con el origen de las plantas con flores o el desarrollo de los primates. De hecho, implicaría que estas especies no vivieron ocultas durante cientos de miles o incluso millones de años, sino que sus genomas evolucionaron tan rápidamente que no dejaron rastro.












