Más allá de los avances en velocidad y su potencial vital en campos como la medicina, el progreso tecnológico plantea un problema recurrente: la pérdida de empleos. Esta problemática se repite con cada nueva tecnología disruptiva.
Estudios científicos y económicos han demostrado consistentemente que los beneficios de los avances tecnológicos no compensan la destrucción de puestos de trabajo. Si bien es cierto que se crean nuevas oportunidades, estas son significativamente menores en número.
Esta disparidad se debe, en gran medida, a la lógica del capitalismo financiero, cuyo objetivo principal es la reducción de costos laborales, no su reemplazo total.
Además, no todos los individuos tienen la capacidad o los recursos para acceder a la educación superior y formarse como ingenieros o técnicos especializados.
Una solución que ya se debate en el ámbito económico consiste en trasladar la carga impositiva del trabajo humano a los robots y la maquinaria en general.
Sin embargo, el problema es mucho más profundo y complejo de lo que parece.
