En 1929, Lev Trótski, de 50 años, se encontraba nuevamente exiliado, esta vez en Constantinopla (la actual Estambul). Era consciente de que su influencia en la construcción de la revolución socialista desde Moscú estaba llegando a su fin. En ese contexto, se dedicó a la escritura de una autobiografía que no pretendía ser una mera descripción objetiva de su vida, sino un análisis profundo y una defensa de su legado.
Según sus propias palabras, este testimonio debía ser parte integral de su existencia, un momento para “exponer, caracterizar y analizar; contar, defenderme y, más frecuentemente, atacar”. Trótski sentía la necesidad de ajustar cuentas con el estalinismo, que tras la muerte de Lenin en 1924, había intentado minimizar su papel en la revolución y condenarlo al exilio.
