El proyecto avanza discretamente. En mayo, una fundación liderada por Eric Trump y Michael Boulos, yerno del multimillonario, se constituyó para recaudar fondos y financiar la iniciativa. En diciembre, los administradores de la Universidad de Miami-Dade cedieron al estado una parcela de terreno valiosa para la construcción del futuro emplazamiento: un rascacielos que albergará exposiciones y archivos. Esta cesión de terreno ya ha sido objeto de una denuncia legal, al ser considerada ilegal por un historiador local de 85 años.
El expresidente y empresario ha encontrado una forma, digamos, innovadora de financiar la construcción: utilizar los fondos obtenidos a través de diversas acciones judiciales contra sus oponentes (15 millones de dólares provenientes de una demanda por difamación contra la cadena ABC, 22 millones de dólares de Meta…).
Riesgo de tráfico de influencias
Para Donald Trump, el objetivo es claro: al igual que sus predecesores, desea contar con un monumento perpetuo a su presidencia. Sin embargo, la operación podría ser arriesgada. “A diferencia de la financiación de las campañas electorales, las donaciones a los centros presidenciales no están reguladas y no es obligatorio revelarlas. Esto significa que un millonario, un multimillonario o incluso un gobierno extranjero puede realizar una donación importante sin que se sepa. Dado que los presidentes suelen estar muy comprometidos con estos proyectos, pueden así obtener influencia sobre el ocupante de la Casa Blanca o recibir favores a cambio”, explica Benjamin Hufbauer, profesor asociado de la Universidad de Louisville (Kentucky) y autor de Templos Presidenciales, un estudio sobre las bibliotecas y museos presidenciales.
Con el cambio climático, probablemente formará parte del 10% de Florida que desaparecerá con el aumento del nivel del mar.
Donald Trump no sería el primero en esta situación. El experto recuerda el caso de Marc Rich, un financiero belgo-estadounidense cuestionable al que Bill Clinton indultó tras una donación de 450.000 dólares de su esposa a la Biblioteca y Museo Clinton en Arkansas.
Los costos exorbitantes de estos lugares aumentan el riesgo de tráfico de influencias. “Han casi duplicado con cada presidente sucesivo. Los proyectos se han vuelto más grandes, verticales, diseñados por ‘arquitectos estrella’… El de George W. Bush en Dallas costó 500 millones de dólares. Mil millones para el de Obama. ¡Y Trump no va a ser modesto!”, señala Benjamin Hufbauer. Destaca la ironía de la situación: “El sitio elegido está cerca de la costa. Con el cambio climático, probablemente formará parte del 10% de Florida que desaparecerá con el aumento del nivel del mar”. ¿Acaso construirán un muro?
