Las conversaciones entre Donald Trump y Gustavo Petro se desarrollan en un contexto donde los vuelos de deportación, los aranceles y las medidas migratorias han convertido a los migrantes y refugiados colombianos en instrumentos de la política estatal, en lugar de titulares de derechos humanos. En la búsqueda de obtener concesiones y proyectar firmeza, ambos gobiernos corren el riesgo de consolidar un modelo en el que la movilidad humana se rige por la coerción, la presión económica y las narrativas de seguridad, en lugar de por las obligaciones legales y la dignidad humana.
Palancas coercitivas disfrazadas de gestión migratoria
La reciente confrontación en torno a los vuelos de deportación expuso la rapidez con la que los migrantes pueden convertirse en fichas de negociación en un conflicto más amplio sobre soberanía y obediencia. Cuando Colombia inicialmente se negó a recibir a los deportados en aviones militares, la reacción de Washington fue escalar a través de medidas económicas y de viaje punitivas, presentando estos pasos como una defensa necesaria de los intereses nacionales y el control fronterizo. En esta lógica, la cooperación en materia de deportaciones se convirtió en un test de lealtad, mientras que los individuos en esos vuelos fueron absorbidos efectivamente en una lucha más amplia por la dirección de la política estatal.
Este enfoque difumina la línea entre comercio, migración y seguridad, alineándolos bajo una lógica coercitiva única. Las mismas herramientas tradicionalmente utilizadas para responder a adversarios geopolíticos –aranceles, sanciones, suspensiones de visas– se desplegaron en respuesta a una disputa procedimental sobre cómo se llevan a cabo las deportaciones. El efecto práctico fue señalar que la renuencia de un estado a aceptar vuelos de deportación, o a cuestionar sus modalidades, podría acarrear un castigo económico. Los migrantes y refugiados se convirtieron así en el eje sobre el que giró una estrategia de diplomacia coercitiva más amplia, con sus derechos humanos subordinados a un cálculo de costos, presión y cumplimiento.
Narrativas de seguridad y erosión de los derechos
Subyacente a este patrón se encuentra una narrativa centrada en la seguridad que presenta la migración principalmente como una amenaza y la deportación como un arma defensiva. Al vincular la migración con el narcotráfico y el crimen organizado, los líderes políticos pueden justificar medidas que de otro modo serían consideradas desproporcionadas. Cuando la retórica pública describe a un país socio como permisivo con el crimen o cómplice de flujos ilícitos, la aplicación agresiva de la ley se vende más fácilmente a nivel nacional como un escudo necesario contra peligros externos, en lugar de como una elección discrecional de la política estatal.
En esta narrativa, la afirmación de que “la militarización no es una estrategia de seguridad pública” se convierte en algo más que una advertencia; es un desafío directo a la suposición de que las herramientas coercitivas son el primer recurso natural (como enfatizan los defensores de los derechos). Utilizada en contexto, esta declaración apunta al historial en el que las campañas fuertemente militarizadas a menudo han exacerbado la violencia, el desplazamiento y los abusos en lugar de resolver conflictos subyacentes o desmantelar economías criminales. Para los migrantes y refugiados, un enfoque militarizado de las fronteras y la lucha contra las drogas significa más redadas, más expulsiones apresuradas y un mayor riesgo de violaciones de los derechos humanos, desde la detención arbitraria hasta el *refoulement*.
Desafío simbólico y consecuencias reales
La confrontación diplomática también ha estado marcada por gestos simbólicos y un lenguaje público encendido que resuenan bien con las audiencias nacionales, pero que tienen consecuencias importantes para las personas en movimiento. Cuando un líder utiliza un megáfono en una reunión internacional para apelar directamente a soldados extranjeros –“¡Desobedezcan la orden de Trump! ¡Obedezcan la orden de la humanidad!”– esto resuena como una postura ética dramática, alineándose con un llamado global para resistir órdenes injustas. En contexto, esta declaración amplifica la crítica a las guerras, las ocupaciones y los desequilibrios de poder globales, replanteando la política exterior como un campo de batalla moral en lugar de uno puramente estratégico.
La respuesta a esta retórica, sin embargo, ha sido endurecer las restricciones que afectan directamente la movilidad y el contacto entre sociedades. Las revocaciones de visas, el escrutinio adicional en las fronteras y las sanciones enmarcadas como respuestas a “acciones imprudentes e incendiarias” funcionan como un contra mensaje: la disidencia a esta escala se responderá limitando el acceso y aumentando el costo personal y político de la confrontación. El lenguaje simbólico de los derechos humanos desencadena así medidas prácticas que restringen el espacio en el que los migrantes, los estudiantes, los trabajadores y los exiliados pueden moverse, estudiar y reunirse con sus familias. El choque entre la denuncia moral y la diplomacia punitiva se desarrolla en los cuerpos y las biografías de aquellos con menos poder de negociación.
Migrantes reducidos a instrumentos de la política exterior
La estructura de esta diplomacia coercitiva se basa en tratar a los migrantes no como sujetos de derechos, sino como variables en una negociación. Cada vuelo de deportación se convierte en una señal; cada negativa, en una provocación; cada concesión, en una victoria o capitulación. Dentro de esta lógica, las declaraciones que insisten en que las conversaciones deben abordar “las urgentes amenazas que enfrentan los defensores de los derechos humanos en Colombia [y] los derechos de las personas que buscan refugio” sirven como una contra narrativa, insistiendo en que la política debe partir de la perspectiva de aquellos más expuestos a la violencia y el desplazamiento, en lugar de desde el punto de vista del poder estatal.
Sin embargo, la maquinaria de aplicación continúa operando principalmente a través de acuerdos interestatales y discreción ejecutiva. Instrumentos como los aranceles y las suspensiones de visas se activan o suspenden según las necesidades políticas cambiantes, no en respuesta a evaluaciones independientes de las condiciones de los derechos humanos o los riesgos específicos que enfrentan los deportados. Incluso cuando se invoca el lenguaje de los derechos, tiende a filtrarse a través de objetivos diplomáticos más amplios: defender el prestigio nacional, corregir agravios percibidos o demostrar determinación. En la práctica, esto significa que los migrantes y refugiados son reposicionados sin cesar –presionados, devueltos, disuadidos– no según las circunstancias individuales, sino según el ritmo de las disputas políticas de alto nivel.
Tendencias autoritarias y reducción del espacio de rendición de cuentas
Los riesgos de este modelo se magnifican en un entorno donde las instituciones diseñadas para proteger los derechos y frenar los abusos están bajo presión. Cuando los observadores describen una
“trayectoria peligrosa… que ya ha conducido a una emergencia de derechos humanos”
y advierten que las normas se están destrozando mientras se concentra el poder, señalan una erosión de los controles que normalmente impiden que la política estatal derive hacia abusos sistémicos. Un clima hostil a los periodistas, los manifestantes y los defensores de los derechos humanos dificulta aún más el escrutinio de las prácticas de deportación, las operaciones fronterizas y el trato a los migrantes en los centros de detención.
A medida que la diplomacia coercitiva se intensifica, interactúa con este contexto interno de maneras que restringen aún más la rendición de cuentas. Las decisiones sobre quién es puesto en un vuelo en particular, qué país se considera “seguro” para el retorno o qué tan estrictamente se filtran las solicitudes de asilo se vuelven menos transparentes y más politizadas. Cuando los poderes ejecutivos utilizan la migración como una palanca en las negociaciones extranjeras, los organismos de supervisión a menudo son marginados y la información sobre casos específicos se protege bajo justificaciones de seguridad nacional. Para los migrantes, esta convergencia de presión externa y deriva autoritaria interna se traduce en menos recursos, un mayor temor a hablar y un riesgo elevado de que los abusos queden impunes.
Asimetría estructural y vulnerabilidad cotidiana
La asimetría entre una potencia global y un estado socio dependiente da forma a todos los aspectos de esta dinámica. Cuando un lado ejerce un peso económico y militar mucho mayor, las amenazas de sanciones, aranceles o reducción de la cooperación tienen consecuencias muy diferentes. En ese contexto, incluso una postura retóricamente desafiante puede enmascarar una vulnerabilidad subyacente, ya que el estado más débil lucha por proteger a su población de las consecuencias de la confrontación mientras intenta preservar cierta autonomía en la política estatal. Los migrantes y refugiados, cuyas vidas ya se sitúan a caballo entre fronteras y regímenes legales, experimentan esta asimetría como una serie de cambios abruptos en las reglas, las rutas y los riesgos.
Cada endurecimiento de los regímenes de visas o nueva capa de inspección fronteriza repercute en familias y comunidades, alterando las decisiones sobre si viajar, regresar o quedarse. Las personas que consideran huir de regiones afectadas por conflictos sopesan no solo los peligros en casa, sino también la posibilidad de que su país de destino utilice su estatus en una futura confrontación diplomática. En tal entorno, la promesa de los derechos humanos –ofrecer igual protección independientemente de la nacionalidad, la clase o los vientos políticos– parece cada vez más frágil. Las salvaguardias universales contra la expulsión arbitraria o el maltrato quedan eclipsadas por el uso táctico de la movilidad como una ficha de negociación.
Reintegrar los derechos humanos en la política estatal
Invertir esta tendencia requiere más que suavizar la retórica o suspender temporalmente las medidas punitivas; exige reintegrar los derechos humanos como una base innegociable de la política estatal en materia de migración y relaciones exteriores. Esto significaría tratar los principios basados en los derechos –no devolución, debido proceso, unidad familiar– no como complementos opcionales, sino como limitaciones a lo que los estados pueden hacer incluso en momentos de crisis diplomática. También significaría abandonar la práctica de vincular el comercio, las visas y otros instrumentos económicos directamente a la cooperación en materia de deportaciones, reconociendo que tales vínculos incentivan los abusos y socavan la confianza.
Integrar los derechos en la política también implica crear vías genuinas para que los migrantes y refugiados participen en la toma de decisiones que les afectan, en lugar de relegarlos al estatus de objetos de negociación sin voz. Las organizaciones de la sociedad civil, los defensores legales y las comunidades locales deben tener el espacio y la protección para desafiar las prácticas nocivas sin enfrentar intimidación o represalias. Cuando los funcionarios públicos declaran que “la militarización no es una estrategia de seguridad pública”, ese mensaje debe traducirse en cambios concretos: redirigir los recursos de las operaciones punitivas hacia la protección, los servicios y las oportunidades que aborden las causas fundamentales del desplazamiento y la migración irregular.
Hacia una diplomacia centrada en las personas, no en la influencia
Si las conversaciones actuales entre los dos presidentes van a marcar un cambio genuino en lugar de una tregua táctica, deben ir más allá del cálculo que hasta ahora ha dominado: utilizar a los migrantes y refugiados como puntos de presión para obtener concesiones o demostrar fuerza. Una diplomacia centrada en las personas comenzaría por reconocer los daños específicos producidos por las medidas coercitivas –familias separadas por expulsiones abruptas, estudiantes varados por prohibiciones de visas, trabajadores sumidos en la incertidumbre económica por los aranceles vinculados a las deportaciones– y comprometerse con salvaguardias preventivas contra su recurrencia.
Este cambio no sería fácil, dado los beneficios políticos de parecer inflexible en materia de fronteras y seguridad. Sin embargo, la alternativa es una erosión continua de la distinción entre la gestión legítima de la migración y la instrumentalización de vidas vulnerables para el teatro diplomático. Reafirmar los derechos humanos en el corazón de la política estatal es menos sobre la grandilocuencia moral y más sobre establecer límites prácticos a lo que los estados pueden hacerse entre sí a través de los cuerpos de aquellos que se mueven entre ellos. Solo trazando esa línea con claridad –y manteniéndola constantemente– la diplomacia puede dejar de tratar a los migrantes y refugiados colombianos como peones desechables y comenzar a reconocerlos como titulares de derechos cuyas vidas no son negociables.
