Estamos atravesando un momento histórico dramático, del cual quienes se interesan por la política deben comprender la inherente peligrosidad. Las noticias que recibimos diariamente son impactantes e inducen sentimientos de indignación ante la actitud del líder que ha tomado el poder en Washington, consolidándolo con estrategias y tácticas propias de aquellos que históricamente han desafiado los principios democráticos. El presidente Trump carece de elegancia y sutileza, incluso en la negociación, y su insistencia en un estilo repetitivo podría llevarlo a ser ignorado y desestimado.
El miércoles por la tarde, la Unión Europea parecía enfrentarse a una encrucijada: alinearse con la postura del mandatario estadounidense o asumir las consecuencias. Sin embargo, inesperadamente, se produjo un cambio de rumbo. Durante una reunión bilateral con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, se encontró una solución a la complicada situación en torno al caso de Groenlandia, a la que Trump se refirió como “un pedazo de hielo” durante su discurso de setenta y dos minutos en el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza. Aún es prematuro celebrar y afirmar que se ha evitado un enfrentamiento directo, ya que persisten varias interrogantes.
Una de las principales es determinar en nombre de quién negoció Rutte. Si bien el ex primer ministro holandés ocupa el cargo de secretario general de la OTAN, es evidente que el discurso de Trump estaba dirigido a la Unión Europea, la cual considera Trump como una molestia, o incluso un obstáculo, para un orden mundial multipolar en el que Estados Unidos, China y, en menor medida, Rusia, compiten por esferas de influencia basadas en intereses económicos. Este escenario se caracteriza por una gran inestabilidad, donde la importancia de cada país puede variar según las circunstancias y los intereses de Estados Unidos, así como el estado de ánimo del presidente Trump.
Es evidente que el mandatario estadounidense aborda las relaciones internacionales de manera muy diferente a la establecida por la Unión Europea, y lo que hoy parece un peligro evitado, mañana podría convertirse en una amenaza. Por ello, es fundamental que los interlocutores incluyan, además del secretario general de la OTAN, a la presidenta de la Comisión Europea, independientemente de las preferencias personales. Además, se debe considerar el llamado “Board of Peace”, una suerte de ONU paralela de pago, donde la influencia se basa en la capacidad económica. Se desconoce si este proyecto se llevará a cabo, cuándo y qué resultados obtendrá, pero representa un intento de ruptura con el multilateralismo.
Nos enfrentamos a un mundo gobernado por un líder cada vez más autoritario, incluso dentro de sus propias fronteras, donde podrían resurgir países con ideas muy alejadas de la noción de democracia y sin interés en proteger los derechos de los más vulnerables. Esta situación podría afectar a todos los países europeos, incluida Italia, si este proyecto continúa adelante. Europa se encuentra en un momento crucial en el que no puede permitirse ambigüedades ni sumisiones disfrazadas de alianzas. El desafío es real, no solo simbólico. Los aranceles, las materias primas y los recursos energéticos se han convertido en armas geopolíticas, y el mundo se está reconfigurando de manera abrupta, sin tener en cuenta las buenas prácticas multilaterales.
En este contexto, la Unión Europea, quizás con algo de retraso, está adquiriendo una nueva conciencia, liderada por el presidente Macron, incluso en medio de la crisis interna que atraviesa Francia. La firme actitud del presidente francés genera hostilidad en Trump, quien responde con sarcasmo y burla, incluso imitando el acento francés al pronunciar el nombre de Emmanuel y amenazando con aranceles del doscientos por ciento sobre el champán. Esta no es una simple medida proteccionista, sino un mensaje criminal, mafioso y amenazante dirigido a todo el continente.
Macron ha optado por un lenguaje claro, afirmando que Europa posee armas y puede utilizarlas cuando el orden internacional sea humillado, no por venganza, sino por supervivencia. Desde Davos, el presidente francés habló de la reaparición de tentaciones imperialistas, una expresión que no es casual. La idea de que las grandes potencias puedan volver a dividir el mundo en territorios, recursos y rutas, como en un pasado remoto, es una posibilidad real. Europa debe decidir ahora si quiere ser simplemente un mercado o convertirse en un actor político relevante. El punto crucial no es oponerse a Estados Unidos o a Trump por obstinación, sino rechazar el acoso, el trumpismo y la locura de Calígula como método de gobierno en las relaciones internacionales. Es preferible la educación al desprecio, la delicadeza a la crítica, la discreción a la brutalidad y el estado de derecho a la fuerza ostentosa.
Francia ha tomado un camino claro y sin ambigüedades, mientras que Italia ha preferido asumir el papel de mediadora entre Europa y Estados Unidos, optando por no tomar una decisión firme. Esta elección, practicada con insistencia hasta ahora, muestra signos de posible fracaso.
