El 16 de agosto de 2012, los habitantes de Huizinge, un pequeño pueblo en el norte de los Países Bajos, fueron despertados por un terremoto de magnitud 3,6. Para una región considerada sísmicamente estable, se trató de un temblor inusualmente fuerte. Rápidamente se determinó que la causa no eran los movimientos naturales de las placas tectónicas, sino la explotación de gas en uno de los mayores yacimientos de Europa, ubicado en Groningen.
Hasta ahora no había terremotos allí, ahora sí los hay. ¿Por qué?
Historias similares se repiten en otras partes del mundo: en Oklahoma, en el Deccan Plateau de la India o en Corea del Sur. Todas comparten un denominador común: son áreas intraplaca, alejadas de los límites de las placas tectónicas, donde los terremotos naturales son raros o inexistentes. Sin embargo, la actividad humana puede activar fallas que han permanecido dormidas durante millones de años.
“Según la física clásica de los terremotos, si una falla se fortalece con el tiempo, no debería producirse un temblor”, explica Ylona van Dinther, física de terremotos de la Universidad de Utrecht, en una entrevista con Science News. “Pero en Groningen hemos visto terremotos una y otra vez”.
Un nuevo estudio del equipo de van Dinther, publicado en la revista “Nature Communications”, revela por qué son posibles estos eventos. El fenómeno clave es el llamado curado por fricción. Las fallas superficiales en regiones estables no se mueven durante mucho tiempo. Como resultado, las superficies rocosas a ambos lados de la falla se adhieren cada vez mejor, aumentando la fricción y la resistencia de la estructura.
“En los Países Bajos, algunas fallas no se han movido en millones de años”, explica van Dinther. “Cuanto más tiempo están ‘pegadas’, más fuertes se vuelven”. Esta estructura actúa como un resorte tensado: permanece estable durante mucho tiempo, pero cuando se perturba, libera la energía acumulada de una sola vez.
El equipo de investigación utilizó simulaciones informáticas avanzadas para examinar qué sucede con una falla “curada” cuando el ser humano comienza a interferir con las condiciones subterráneas. Se simuló, por ejemplo, la caída de presión asociada a la extracción de gas.
Se descubrió que, después de décadas de esta actividad, la resistencia adicional, acumulada durante millones de años, se rompe repentinamente, lo que provoca un terremoto más fuerte de lo que se esperaría en un entorno tan superficial.
Amenaza única, pero cerca de la superficie
Paradójicamente, el mismo fenómeno hace que el riesgo de futuros temblores en la misma falla sea bajo. Después del primer terremoto, el “exceso” de resistencia acumulado durante épocas se libera y su reconstrucción tardaría millones de años. El problema es que puede haber cientos de fallas dormidas en la región.
Un factor de riesgo adicional es su poca profundidad. Los temblores ocurren cerca de la superficie, por lo que se sienten más fuertemente que los terremotos tectónicos profundos. La infraestructura en estos lugares normalmente no está diseñada para soportar cargas sísmicas, lo que aumenta la escala de los daños.
En la práctica, esto significa que es necesario cambiar la forma de evaluar el riesgo sísmico. Los modelos de amenaza existentes se han centrado principalmente en las áreas tectónicamente activas. Sin embargo, en las regiones intraplaca, la historia geológica de las fallas es crucial: cuánto tiempo han permanecido inactivas y cuánto se han “fortalecido”. Sin tener en cuenta estos factores, las previsiones de riesgo pueden ser sistemáticamente subestimadas.
Un desafío para la transición energética
El problema no se limita a los combustibles fósiles. Muchos proyectos geotérmicos en todo el mundo se han suspendido precisamente debido a la sismicidad inducida. En 2017, un terremoto en Pohang, Corea del Sur, relacionado con una instalación geotérmica, provocó el cierre de todo el proyecto.
Daniel Faulkner, geofísico de la Universidad de Liverpool, subraya que es fundamental conocer bien las condiciones locales. “Incluso si abandonamos el petróleo y el gas, seguiremos utilizando el interior de la Tierra, aunque sea para la geotermia”, señala. “Y muchos de estos proyectos se han detenido precisamente por los terremotos”.
Según van Dinther, una de las soluciones podría ser llevar a cabo los trabajos de forma que se provoque un desplazamiento lento y controlado de la falla en lugar de una liberación repentina de energía. En la práctica, esto significa controlar con precisión el ritmo y el volumen de los fluidos inyectados, de modo que las tensiones se distribuyan en el tiempo y no se acumulen en un solo momento destructivo.
Las conclusiones de Groningen son relevantes también para los países que hasta ahora no se asociaban con el riesgo sísmico. En Europa Central y del Norte, muchas inversiones planificadas en geotermia y almacenamiento de energía se basan en la suposición de estabilidad del subsuelo. Sin embargo, el estudio demuestra que la ausencia de terremotos históricos no significa necesariamente la ausencia de peligro si existen fallas antiguas y de larga inactividad en las profundidades de la corteza.
Esto a su vez plantea interrogantes sobre la regulación y la supervisión. Los autores del trabajo subrayan que la evaluación del riesgo sísmico debe llevarse a cabo no solo en la fase de diseño de la inversión, sino también durante su explotación, con la posibilidad de reaccionar rápidamente ante las primeras señales de temblores indeseados. La experiencia de los Países Bajos demuestra que las decisiones tardías pueden conducir a prolongadas disputas sociales y a altos costes de indemnización.

Los terremotos inducidos por el hombre socavan la confianza de los ciudadanos en las instituciones públicas y en los inversores, especialmente cuando se producen en lugares considerados seguros. Los habitantes de Groningen y Pohang han subrayado en repetidas ocasiones que no estaban preparados ni informados de este peligro. Los investigadores señalan que una comunicación fiable del riesgo debe ser un elemento integral de la planificación de proyectos subterráneos.
La conclusión es sencilla, aunque incómoda: incluso los fragmentos “tranquilos” de la corteza terrestre pueden reaccionar violentamente si interferimos con su equilibrio durante décadas. Y esto significa que, a medida que se desarrolla la energía y otras tecnologías que utilizan el interior de la Tierra, los terremotos inducidos por el hombre pueden convertirse en un elemento cada vez más común del paisaje geológico moderno.
