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Ucrania 2026: Estancamiento, Escalada y el Futuro de Europa

by Editor de Mundo

Casi cuatro años han transcurrido desde que Rusia iniciara su guerra de agresión contra Ucrania. El contraste histórico es evidente: en menos de cuatro años, las tropas soviéticas marcharon sobre Berlín, izaron su bandera en el Reichstag y, junto con los Aliados, derrotaron a la Alemania nazi. La Rusia actual, a pesar de haber heredado los arsenales soviéticos, de destinar casi el cuarenta por ciento de su presupuesto a la defensa y de haber convertido su economía en una máquina de guerra que ha expandido su producción militar-industrial, no ha logrado su objetivo primordial: subyugar a Ucrania. Ha fracasado en doblegar a un país que entró en guerra con armamento mínimo –en parte debido al veto de ocho años a las ventas de armas a Kiev por parte del presidente estadounidense Barack Obama– y que tuvo que implorar a Occidente por cada proyectil de artillería.

Desde las misiones diplomáticas de Volodímir Zelenski hasta el incansable compromiso de la sociedad civil, Ucrania ha buscado persuadir a Europa de que esta guerra no se limita a su supervivencia, sino que afecta a la arquitectura de seguridad de todo el continente. Sin embargo, este mensaje aún tiene dificultades para resonar en muchas capitales europeas, donde persiste el discurso sobre la fatiga bélica (war fatigue).

El apoyo occidental se ha materializado, pero dentro de los límites de la estrategia de gestión de la escalada, introducida por el presidente estadounidense Joe Biden y ampliamente mantenida por Donald Trump. Este último no solo redujo la ayuda militar estadounidense, sino que también estableció una nueva norma: cualquier arma estadounidense destinada a Ucrania debe ser comprada por Kiev o por los gobiernos europeos.

A lo largo de los años, Rusia ha conquistado y devastado casi el veinte por ciento del territorio ucraniano. Pero para Putin, la guerra nunca ha sido realmente una cuestión de territorio. El objetivo estratégico –aún lejano– es privar a Ucrania de su soberanía y transformarla en una segunda Bielorrusia o Georgia, territorios donde la influencia rusa pueda mantenerse sin el uso de tanques, simplemente instalando un gobierno complaciente. Ser pro-ruso en el espacio exsoviético no es solo una postura geopolítica, sino un modelo político: corrupción arraigada, represión o eliminación de la sociedad civil, violaciones sistemáticas de los derechos humanos, cierre de medios de comunicación independientes y una máquina propagandística que erosiona el disenso e incluso la capacidad de pensamiento crítico.

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En este contexto, Ucrania no solo ha resistido militarmente, sino que ha defendido libertades universales que los ciudadanos de Bielorrusia ya han perdido y que los georgianos, por ahora, luchan por preservar. Han sido años extraordinariamente difíciles: heroica resistencia militar, inmenso sacrificio civil, soldados muertos en el frente, familias que viven bajo la constante amenaza de drones y misiles balísticos, noches pasadas en refugios antiaéreos y otros que, exhaustos, permanecen en sus hogares a pesar de los riesgos. A pesar de ello, la sociedad civil ha continuado salvaguardando la vida democrática, movilizándose cada vez que las decisiones gubernamentales amenazaban las reformas necesarias para la integración en la Unión Europea. Incluso en tiempos de guerra, las agencias anticorrupción ucranianas siguen activas y eficaces, destapando casos que involucran a altos funcionarios.

Rusia, incapaz de alcanzar sus objetivos en Ucrania, ha mostrado una creciente disposición a escalar el conflicto más allá del campo de batalla. A lo largo de 2025, las incursiones de drones rusos en el espacio aéreo europeo se han vuelto cada vez más frecuentes y descaradas, y se han visto en los cielos de Polonia, Dinamarca, Bélgica, Rumanía, Eslovaquia y Moldavia. Algunos drones rusos se han estrellado en territorio de la OTAN; otros han sido interceptados justo antes del impacto. No se trata de incidentes, sino de pruebas precisas para evaluar la preparación de la defensa aérea y la resolución política de Europa. Pruebas diseñadas para tantear también la reacción de la OTAN y para generar ansiedad entre los ciudadanos europeos. Lejos de contener el conflicto, Moscú ha dejado claro que está dispuesta a ampliarlo, utilizando los drones como herramientas políticas para socavar la unidad europea y señalar que las fronteras de la guerra no son fijas.

Así, la guerra se acerca a una nueva fase peligrosa. Después de casi cuatro años, ninguna de las dos partes ha encontrado un camino hacia la victoria, pero ambas se preparan para continuar la guerra también en 2026. Ucrania entra en el nuevo año fatigada, pero no quebrantada. Ha rechazado tres importantes ofensivas rusas, incluida la costosa e ineficaz batalla del verano de 2025, en la que los asaltos rusos de pequeñas unidades fueron destruidos por drones, artillería y líneas defensivas ucranianas preparadas. Las fuerzas ucranianas, aunque afectadas por la escasez de soldados entrenados y los turnos de rotación en el frente, siguen siendo capaces de prevenir avances rusos a gran escala. La campaña de ataques a largo alcance de Ucrania ya ha desactivado una parte significativa de la capacidad de refinación rusa y ha interrumpido repetidamente aeropuertos y centros logísticos en territorio ruso. Estos ataques obligan a Moscú a desviar recursos a la defensa nacional y debilitan gradualmente la base financiera de su esfuerzo bélico. Sin embargo, las vulnerabilidades de Ucrania siguen siendo sustanciales: la movilización es políticamente difícil, las fases de entrenamiento se retrasan y a muchas brigadas les falta el equipamiento y el tiempo necesarios para integrar a los nuevos reclutas. Una cuestión decisiva en 2026 será si Europa se comprometerá finalmente a entrenar a las tropas ucranianas dentro de Ucrania, un paso que Kiev busca desde hace tiempo, pero que los gobiernos de la Unión Europea aún evitan por temor a provocar una escalada. Si Europa procede, Ucrania podrá reconstruir rotaciones coherentes y desplegar brigadas mejor preparadas; de lo contrario, la calidad de sus unidades en primera línea seguirá erosionándose.

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Rusia, por su parte, entra en 2026 con un ejército que es simultáneamente vasto y agotado. Enormes pérdidas –más de un millón de víctimas– no han producido ganancias territoriales proporcionales al coste. La táctica del Kremlin de lanzar pequeños grupos de asalto en las zonas de fuego ucranianas solo ha conducido a avances marginales, y en todos estos años Rusia no ha capturado ninguna ciudad importante. Los ingresos petroleros están disminuyendo, las sanciones están afectando y los ataques a largo alcance de Ucrania están creando interrupciones cada vez mayores en la producción de combustible. Pero sin una aplicación más rigurosa de las sanciones por parte de Europa y Estados Unidos, gracias a las flotas navales sombra y a los socios no occidentales, probablemente Rusia mantendrá un flujo financiero de caja suficiente para continuar la guerra a alta intensidad.

Putin sigue reacio a declarar la movilización general, consciente del riesgo social. Parece conformarse con la postura de “guerra infinita”: operaciones en el frente a baja intensidad enmarcadas como una lucha existencial por el futuro de Rusia, destinadas a prevenir cualquier ajuste de cuentas político interno.

La incapacidad de Rusia para vencer en Ucrania no la hace menos peligrosa. Al contrario, 2026 probablemente verá una intensificación de la escalada en la zona gris, la guerra híbrida de Moscú contra Europa. Las incursiones de drones de finales de 2025 fueron advertencias tempranas. Lo que nos espera podría incluir más violaciones del espacio aéreo, ataques informáticos a infraestructuras críticas, sabotajes en los Estados bálticos y el norte de Europa, falsificaciones de identidades GPS y renovadas campañas de desinformación y manipulación de los flujos migratorios. El objetivo es claro: aumentar la percepción de la amenaza en territorio europeo, obligar a los gobiernos a reducir la asistencia a Ucrania y profundizar las divisiones internas en la Unión Europea.

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En este escenario, 2026 podría convertirse en el año del estancamiento fuertemente militarizado. Ucrania podría mantener su posición con el apoyo europeo, Rusia podría continuar luchando bajo estrés económico y humano, y Europa podría enfrentarse a una presión cada vez mayor. La frontera entre la primera línea de Ucrania y la seguridad europea seguiría difuminándose, preparando el terreno para un año tenso e incierto.

E incluso si, por un milagro, 2026 condujera a un alto el fuego, este sería probablemente frágil y temporal. Cualquier pausa permitiría simplemente a Rusia reorganizarse, reconstruir sus capacidades militares y fortalecer su economía en preparación para una nueva ofensiva. Ucrania y, de hecho, Europa se enfrentan a la perspectiva de convertirse en los próximos años en una zona de conflicto fuertemente militarizada, con una Rusia agresiva en sus fronteras.

Este es el escenario que Europa teme afrontar abiertamente. Hacerlo significaría aceptar una incómoda verdad: la única solución real tanto para la guerra en Ucrania como para el conflicto más amplio entre Rusia y Europa es el colapso del régimen de Putin, que a su vez depende del colapso de la economía rusa. Occidente siempre ha tenido las herramientas para lograr este objetivo, pero ha dudado constantemente en usarlas. Diecinueve ciclos de sanciones –incrementales, cautelosas– significan que el modelo es el miedo a desencadenar el caos en Rusia y a provocar consecuencias impredecibles.

Así, 2026 podría convertirse en el año de la verdad, un año en el que esta realidad no pueda ser ignorada. O podría ser otro año en el que Europa esconda la cabeza bajo la arena mientras afronta el enorme coste de apoyar a Ucrania en una brutal guerra de desgaste. En tal caso, el precio no se medirá en última instancia en dólares o euros, sino en vidas humanas que los ucranianos siguen sacrificando en defensa de su país, de su libertad y de la estabilidad de Europa.

Publicado con la cortesía de Linkiesta Magazine

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