Paula Miles recibió un “toque en el hombro”, una advertencia de que sus días estaban contados. Diagnosticada con cáncer de mama hace 14 años, a los 56, Miles disfrutó de años de remisión antes de que la enfermedad regresara, extendiéndose a sus costillas, columna vertebral, pelvis, fémur y alrededor del cráneo.
“Es una situación extraña”, comenta. El cáncer “se arrastra mientras está suprimido”, pero también existen momentos de esperanza, a los que ella se refiere como “pepitas de oro”. Después de que le informaran que le quedaba poco tiempo de vida debido a la propagación de los tumores, ha vivido cinco años más, años que describe como buenos.
Para las personas con cáncer incurable, uno de los mayores desafíos es encontrar su lugar en el “espectro de la vida”, explica el Dr. David Okonji, oncólogo médico. En su clínica de Wellington, ha atendido a cientos de pacientes. Algunos están libres de cáncer físicamente, pero viven con el miedo a que regrese.
Otros, con cáncer incurable, tienen “días significativamente contados”. Cuando les da esta noticia, el miedo no es tanto a la muerte en sí, sino a cómo morirán. “En esos meses que tienen para vivir, no pueden vivir y están… psicológicamente muertos antes que físicamente”.
Existe también un grupo intermedio: personas con un buen pronóstico pero que viven con cáncer.

