La visión del artista libanés-francés Reza Abdallah explora la cíclica naturaleza de la vida y cómo cada gesto resuena con el universo, ya sea íntimo o grandioso, personal o cósmico. Su obra, suspendida entre la desesperación y la renovación, el desastre y el renacimiento, invita a una profunda reflexión sobre la experiencia humana y la introspección, revelando múltiples facetas de su fascinante trayectoria artística.
Hijo del poeta fallecido Mohamed Abdallah y la novelista Hoda Barkat, Reza Abdallah nació en Beirut y emigró a París con su madre y hermana a una edad temprana. Aunque creció en un ambiente literario, con numerosos miembros de su familia dedicados a la escritura y la poesía, su vocación se inclinó hacia las artes visuales. Desde pequeño, demostró una habilidad innata para el dibujo, lo que lo llevó a estudiar en el Instituto de Bellas Artes de París, un entorno que consideraba más propicio para el desarrollo de su talento.
En sus inicios, Abdallah se centró en las llamadas “caprichos” en la historia del arte. Estas composiciones, surgidas en el siglo XVIII como contraste con los paisajes urbanos realistas (vedute), representan escenas arquitectónicas imaginarias o semi-fantásticas, combinando edificios, ruinas y otros elementos de manera caprichosa. Los caprichos, llenos de personajes enigmáticos, ofrecen una narrativa incompleta, dejando amplio espacio para la interpretación personal.
El tema central de su obra es la ruina, la decadencia de los edificios abandonados. A primera vista, la representación de las ruinas puede parecer una contradicción artística, resaltando la naturaleza efímera de la creación humana y el triunfo final de la naturaleza. Sin embargo, en el trabajo de Abdallah, la naturaleza juega un papel secundario en la creación de la destrucción, superada por el impacto devastador de la guerra. La reciente guerra en su país natal, y las anteriores, le recuerdan constantemente el poder destructivo de los conflictos, a pesar de su residencia en el extranjero.
Durante tres años, el tema de la ruina y las ciudades derrumbadas fue recurrente en su trabajo, hasta convertirse en un eje central hace poco más de un año. Con la serie “El Campo”, las nubes comenzaron a transformarse en humo, y el cielo dejó de ser un reflejo de la naturaleza para llenarse de polvo, humo y el olor a pólvora. Esta pólvora se convirtió en un elemento fundamental en su exploración de las explosiones y sus efectos. Tras una etapa como periodista en un canal de noticias, Abdallah regresó a la pintura para crear la serie “El Polvo”, donde el elemento pictórico adquirió una importancia central. En ese momento, la brutal campaña de bombardeos sobre Gaza y los ataques aéreos sobre Beirut y otras regiones de Líbano intensificaron su preocupación por la destrucción.
La serie “El Diluvio” continúa explorando el tema de la ruina y la devastación. Aunque algunas escenas pueden parecer acuáticas a primera vista, un análisis más detenido revela ciudades destruidas por el fuego y los bombardeos. Abdallah aborda la dualidad del agua y el fuego, un contraste que impregna toda la serie. “El Diluvio” representa un punto de inflexión, donde el enfoque se desplaza del fuego y la pólvora hacia el agua, evocando la historia bíblica del diluvio de Noé, un evento a la vez destructivo y creativo. Las inundaciones, al igual que las guerras y los conflictos, son fenómenos recurrentes en la historia, desastres naturales comparables a la guerra.
Beirut, según Abdallah, ha dejado una huella profunda en su obra, una influencia sutil pero omnipresente. No representa la ciudad de manera literal, como un mapa o un monumento, sino como una parte integral de su ser, un flujo constante y silencioso. Al evitar dar nombres y rostros específicos a las ciudades, el artista busca evitar caer en detalles y anécdotas particulares, ya que considera que cuanto más cerca se está de algo, menos se puede ver. Paradójicamente, lo particular es precisamente lo que no existe. Esta distancia le permite no limitarse a su propia historia, sino abrirse a las experiencias de los demás. Su objetivo es mostrar que todas las ciudades se derrumban de la misma manera, perdiendo su identidad ante la adversidad, una característica común que le resulta fascinante. El arte, además, es una forma de liberar sus emociones y recuerdos, evitando que se conviertan en una carga. A través de temas impersonales, busca atenuar la intensidad de su propia historia, transformando el dolor en belleza, como una canción triste que, paradójicamente, resulta agradable de escuchar.
En la obra de Reza Abdallah, el pasado, el presente y el futuro se entrelazan en una continuidad cíclica. Los actores se mueven entre mundos paralelos, ajenos entre sí, a la luz del día y en la oscuridad. Así se percibe la historia humana: un ciclo constante, como el movimiento de las placas tectónicas que avanzan, retroceden y chocan, formando a veces montañas y otras veces terremotos. La violencia, las guerras y los conflictos responden a esta misma dinámica eterna. Abdallah busca explorar esta estratificación, tanto en la materia como en la historia, en una excavación íntima y universal que revela lo que se repite, lo que persiste y lo que emerge en nuestra memoria colectiva.
