La Academia de Cine español celebra cuatro décadas de sus premios, cuarenta años de reconocimiento al arduo trabajo de los equipos que nos conmueven, nos invitan a la reflexión y nos hacen mejores espectadores. Esos profesionales a quienes debemos el respeto de esperar a que los créditos finales rueden en la sala de cine.
Esta edición, marcada por obras redondas, ha visto triunfar a Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, que ha logrado cinco Goyas: mejor película, dirección, actriz protagonista (Patricia López Arnaiz), actriz de reparto (Nagore Aramburu) y guion original. Películas como Sorda, de Eva Libertad, una obra reivindicativa, y Sirat, de Oliver Laxe, innovadora e impactante, también han sido galardonadas. No podemos olvidar otras propuestas como Tigres, Mi amiga Eva o La cena, que han sabido conectar con el público y la crítica.
El cine, como cualquier expresión artística, debe ser un altavoz de causas importantes, pero es fundamental evitar la homogeneización del pensamiento. La pluralidad es esencial, y es importante que coexistan el cine comercial y el de autor, los grandes éxitos y las propuestas emergentes. Cada obra y cada director deben tener la libertad de expresar su visión sin imposiciones.
En este contexto, resulta crucial abordar las reivindicaciones del sector: la aprobación de una ley de cine actualizada, un estatuto del artista que proteja el mayor acuerdo cultural de España, la adaptación de la inteligencia artificial a la legislación vigente en materia de derechos de autor y la correcta ejecución de los fondos europeos Next Generation, que de lo contrario podrían perderse.
Es imperativo proteger las salas de cine, verdaderos centros culturales, especialmente en las localidades más pequeñas, donde representan un faro cultural esencial. Y no podemos olvidar a las 47 víctimas de los accidentes ferroviarios, quienes ya no podrán disfrutar del cine, una pasión que compartían.
En la gala celebrada en Granada, las palabras de María Luisa Gutiérrez al recibir el premio por La infiltrada resonaron con fuerza: «La memoria histórica también está para la historia reciente de este país». Un recordatorio de la importancia de recordar el pasado y de no censurar los movimientos sociales.
El cine tiene la obligación de ser testigo de la barbarie humana y de preservar la memoria colectiva. Agradecemos a Fernando Méndez-Leite por recordar el discurso de José Luis Borau en 1998, en el que la Academia rechazó el terrorismo de ETA tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Y a Miriam Garlo, por su aplauso a Sorda, una llamada a la conciencia sobre la importancia de una sociedad inclusiva.
Que el cine español siga creando, premiando el talento y manteniendo su espíritu crítico y plural. Que siga siendo una voz por la paz, los derechos humanos y la libertad. ¡Viva el cine!
*Sol Cruz-Guzmán, diputada nacional del PP.
