Más que rivales ha irrumpido como un fenómeno cultural. La producción canadiense, que ha captado la atención de millones de espectadores, surgió como una serie modesta, filmada en apenas un mes y basada en novelas de deseo homosexual entre jugadores de hockey sobre hielo. Su éxito, con cerca de nueve millones de espectadores en su estreno en Estados Unidos, ha superado todas las expectativas. La serie ya está disponible en Movistar Plus+.
La trama se centra en una historia de amor prohibido, similar a relatos clásicos como Tristán e Isolda o Los Bridgerton, pero con un giro moderno. Dos jugadores de hockey profesional, el canadiense Shane Hollander (interpretado por Hudson Williams) y el ruso Ilya Rozanov (Connor Storrie), se enfrentan en el hielo y se sienten atraídos el uno por el otro fuera de la pista, en encuentros secretos. Shane representa al joven prodigio, criado bajo la presión de los contratos publicitarios, mientras que Ilya es un personaje moldeado por la disciplina soviética, marcado por un pasado difícil y una infancia solitaria.
La serie se distingue por su valentía al alejarse de la inocuidad presente en muchas producciones ‘queer’. Sin embargo, tras el impacto inicial, su capacidad para ofrecer algo más resulta limitada.
Desde el inicio, la serie apuesta por una representación explícita de la sexualidad, algo poco común en la televisión actual. En un contexto donde el contenido sexual en las películas más taquilleras ha disminuido significativamente –según datos de The Economist, un 40% desde el año 2000–, Más que rivales lleva a sus protagonistas a la intimidad en los primeros 15 minutos. La serie presenta escenas de desnudez, masturbación, y referencias a prácticas sexuales explícitas, desafiando la castidad habitual en las ficciones queer.
No obstante, la serie adolece de una estructura dramática repetitiva. La trama se desarrolla a través de mensajes de texto ambiguos, secuencias de partidos de hockey –resueltas con agilidad por el creador de la serie, Jacob Tierney, coguionista de Xavier Dolan–, y escenas de sexo coreografiadas, intercaladas con elipsis temporales. Esta dinámica se repite a lo largo de los cinco primeros episodios.
Más que rivales combina elementos dramáticos con un humor irreverente y un lenguaje explícito. La serie juega con la ironía, pero no logra encontrar un equilibrio sólido entre ambos registros. La puesta en escena, con zooms suaves y una iluminación cuidada, intenta disimular el vacío narrativo, aunque sin éxito total.
Un punto destacado de la serie es la subtrama que explora el cortejo entre Scott Hunter (François Arnaud) y un barista especializado en smoothies. Este hilo narrativo, aunque breve, ofrece uno de los momentos más emotivos de la temporada. La serie también destaca por un mensaje no enviado de Shane a su amante: “Ni siquiera nos hemos besado”.
La homofobia en la serie no se manifiesta de forma explícita, sino como un trasfondo que condiciona la vida de los personajes. La trama se desarrolla en un contexto histórico que abarca desde la victoria de Barack Obama hasta el ascenso de Donald Trump, reflejando una época de cambios sociales y políticos.
La serie plantea la duda de si esta sutileza es una elección deliberada o una forma de evitar abordar temas más complejos y controvertidos. La ausencia de referencias a aplicaciones de citas, promiscuidad o profilaxis, y la idealización del sexo gay, contribuyen a una visión conservadora de la sexualidad. La serie, en su afán por llegar a un público más amplio, opta por una representación pulida e inofensiva, dejando de lado la diversidad y la realidad de la comunidad LGBTQ+.
Hacia el final, la trama explora la posibilidad de una relación afectiva más allá del secreto y la dominación. Sin embargo, la serie no profundiza en la dificultad de dar y recibir afecto tras haber experimentado el odio. En definitiva, Más que rivales genera interés, pero no llega a cautivar por completo.
