Como se publicó el 7 de febrero, dos partidos de la primera jornada de la Serie A 2026 tuvieron una duración de 46 a 47 minutos. A esto se suma que, en la tercera jornada, el encuentro entre Athletico y Santos (con 30 faltas señaladas por Ramon Abatti Abel) no superó los 45 minutos y 53 segundos, mientras que el Fluminense contra Botafogo (con 29 faltas indicadas por Rafael Klein) se extendió hasta los 45 minutos y 23 segundos.
Esta situación implica que, prácticamente, la mitad del tiempo se perdió con interrupciones. Un reflejo de la postura de los árbitros, con frecuentes pausas que facilitan su labor de seguimiento del partido.
Cuanto más rápido es el juego, más difícil resulta seguir el balón en movimiento, cruzando el campo de un lado a otro a gran velocidad, tal como se observa en las competiciones que admiramos a nivel mundial.
Este escenario se ha vuelto aún más desafiante para el fútbol en el país con la implementación del VAR. En este caso, el arbitraje de video ha seguido las decisiones tomadas en el campo, con numerosas intervenciones, incluso repitiendo jugadas ya pitadas.
Como consecuencia, se producen más interrupciones, largas esperas y menos tiempo efectivo de juego. Defender esta situación, aceptar faltas menores y penales al estilo brasileño no contribuye a mejorar nuestro deporte, sino que lo perjudica en su esencia.
Un ejemplo de esto se vio en el choque entre Vitão, del Flamengo, y Matheus Martins, del Botafogo, después de que el atacante ni siquiera hubiera dominado el balón (imagen arriba). El encontronazo se produjo sin que la pelota estuviera en disputa. Es una acción propia del juego, que no constituye falta, excepto en países como el nuestro.
