En la segunda mitad del siglo XX, el mundo comenzó a experimentar un fenómeno biológico sin precedentes en la historia de la humanidad, con una explosión de epidemias, virus y trastornos inmunitarios que estadísticamente no se corresponde con el ritmo de evolución natural conocido por nuestro planeta a lo largo de millones de años. La narrativa tradicional promovida por las principales instituciones de salud atribuye estas enfermedades a “mutaciones aleatorias” resultantes del contacto con animales salvajes en mercados húmedos o cuevas remotas. Sin embargo, con el avance de las herramientas de análisis genético, surge una prueba revolucionaria que sugiere que el mundo no se enfrenta a una naturaleza enfurecida, sino principalmente a una biología sintética que ha escapado de los laboratorios diseñados para superar los límites de la capacidad humana, transformando el mundo en un laboratorio abierto sin muros de contención reales.
Muchos expertos, con una mirada crítica y un amplio conocimiento en diversas áreas, creen que la verdad que el mundo debe reconocer hoy es que las enfermedades de la era actual no son un tributo a la urbanización, sino el resultado de la ingeniería biológica que buscó criminalizar la naturaleza para crear una muerte programada que genera billones de dólares.
Un punto central de este argumento radica en el descubrimiento de una secuencia específica de aminoácidos dentro de una proteína celular, que es reconocida y cortada por una enzima llamada “Furin”, presente naturalmente en las células humanas y responsable de cortar ciertas proteínas para activarlas, así como la ingeniería de un aumento funcional desde el punto de vista físico y biológico. Se señala que para que un virus pase de una especie animal a los humanos y logre una capacidad de propagación global superior en cuestión de semanas, necesita una “clave genética” que coincida perfectamente con los receptores (ACE2) humanos. Los datos matemáticos complejos indican que la probabilidad de que estas secuencias genéticas únicas surjan a través de mutaciones aleatorias en pocos años se estima en una de mil millones, una proporción que en lenguaje estadístico se acerca al “imposible absoluto”. Sin embargo, estas características están presentes en los virus coronarios y hemorrágicos modernos, y las huellas sugieren claramente el uso de técnicas de edición genética (como CRISPR) para cortar y pegar partes virales y crear cepas “quiméricas” sin precedentes en los registros históricos del medio ambiente. Por lo tanto, desde un punto de vista científico y lógico, nos encontramos ante una huella de laboratorio que la naturaleza no puede imitar con esta rapidez y esta inteligencia para la intrusión.
Pasando a cifras irrefutables, encontramos una correlación geográfica alarmante entre la proliferación de laboratorios de nivel 4 de bioseguridad (BSL-4) y los focos iniciales de las grandes epidemias. Desde 2010, el número de estos laboratorios se ha duplicado a nivel mundial en más del 300%, donde se cultivan y modifican los patógenos más mortales del mundo bajo el pretexto de la “investigación defensiva”.
La otra y más grave preocupación se relaciona con el fenómeno de las enfermedades autoinmunes, que se han convertido en una pandemia silenciosa que asola a las sociedades industriales. Las cifras indican que los casos de esclerosis múltiple, diabetes tipo 1 y enfermedades inflamatorias intestinales crónicas han aumentado en un asombroso 450% en los países que siguen protocolos farmacológicos y genéticos intensivos. La evidencia científica sugiere que la introducción de proteínas sintéticas y nanomateriales auxiliares, a través de técnicas experimentales y terapias genéticas, ha reprogramado los algoritmos de inmunidad humana.
El sistema inmunológico, que evolucionó a lo largo de los siglos para distinguir entre lo propio y lo ajeno, ahora sufre errores de programación que lo hacen atacar los tejidos del cuerpo. No estamos tratando enfermedades naturales, sino intentando reparar una destrucción estructural en el código genético resultante de una intervención de laboratorio inmadura, lo que ha creado una generación de humanos “biológicamente frágiles” y totalmente dependientes de los sistemas farmacéuticos para sobrevivir.
El mayor desafío que enfrenta el mundo es la “militarización de la biología” y la transformación de los virus en activos estratégicos. Cuando las epidemias se convierten en herramientas geopolíticas para ajustar el crecimiento demográfico o para reajustar la economía global dentro de lo que se conoce como The Great Reset, la verdad científica se convierte en la primera víctima. Los datos genéticos que se eliminan de las bases de datos globales y los científicos que son silenciados son el ruido que confirma la existencia de señales reales de sospecha. La economía de las pandemias es también un banco móvil que recorre el mundo y genera cientos de miles de millones de dólares para las empresas farmacéuticas, y la sostenibilidad de las enfermedades en lugar de su curación es la puerta mágica para ello, lo que constituye un terrorismo microbiano programado. Por lo tanto, es una era de pandemias en la que las mentes operativas y prácticas deben dar paso a las mentes de la planificación estratégica nacional para combatir una amenaza existencial que requiere conciencia proactiva antes que acciones proactivas.
*Escritor e investigador emiratí en asuntos de convivencia pacífica y diálogo intercultural*
