247 – A pesar del reciente acercamiento entre Donald Trump y Luiz Inácio Lula da Silva –manifestado en la revocación por parte de Washington de la aplicación de la Ley Magnitsky contra el ministro del Supremo Tribunal Federal, Alexandre de Moraes, y su esposa–, el gobierno brasileño mantiene una postura cautelosa en su relación con Estados Unidos. En Brasilia, se evalúa que los gestos positivos no eliminan los riesgos en un contexto internacional cada vez más inestable.
La evaluación se basa en un informe del periodista Assis Moreira, publicado por Valor Econômico, que destaca el impacto de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional divulgada por la Casa Blanca. El documento, de 33 páginas, se interpreta como una advertencia sobre cómo “se está preparando el terreno” para el próximo año en América Latina, especialmente en Brasil, que se aproxima a un período electoral.
Según diversos sectores del gobierno brasileño, la estrategia representa una ruptura con el orden internacional posterior a 1945 y asume explícitamente la disposición de Estados Unidos a ejercer influencia para recuperar su supremacía regional. El texto adopta una lógica de zonas de influencia, indicando que los gobiernos o partidos alineados con las prioridades estadounidenses serán “recompensados y alentados”, mientras que los demás podrían enfrentar sanciones, en una relectura de la llamada Doctrina Monroe.
El objetivo principal es contener la creciente influencia de China en la región. Si bien el gobierno de Trump aún no ha realizado acercamientos formales para que Brasil revise su relación con Pekín, su principal socio comercial, se anticipa en Brasilia que la presión aumentará a medida que se intensifique la rivalidad entre Estados Unidos y China, especialmente a medida que se acerque la campaña electoral brasileña.
Fuentes gubernamentales consideran que Washington podría volver a apostar por aliados ideológicos, como ha ocurrido en el pasado, y mencionan ejemplos recientes de injerencia estadounidense en procesos electorales en Argentina y Honduras. Para estos sectores, una buena relación personal entre Lula y Trump podría actuar como un amortiguador, pero no es suficiente para impedir movimientos paralelos por parte de grupos con un gran poder político, tecnológico y financiero.
El primer gran test de esta estrategia estadounidense se considera que será Venezuela, ya que Trump ha reiterado que Nicolás Maduro “está con los días contados” en el poder. En este contexto más amplio, los análisis en Brasilia señalan que Estados Unidos intenta reafirmarse en un escenario de declive relativo, mientras que China avanza, siendo percibida como un socio más predecible en medio de la incertidumbre sobre la postura estadounidense.
