Científica analizó agua cerca de un motel de US$80 y halló 2 nuevas especies: pistas de la evolución

Una investigadora descubrió dos nuevas especies de amebas fotosintéticas en Carolina del Norte, recolectadas cerca de un motel de 80 dólares y analizadas con equipamiento económico. El hallazgo aporta un modelo biológico clave para entender cómo un organismo absorbió a una cianobacteria hace millones de años.

Lo que comenzó como una pausa durante unas vacaciones familiares lluviosas en 2021 derivó en un avance de la microbiología evolutiva. Julia Van Etten, investigadora vinculada entonces a Rutgers y colaboradora de la Universidad de Maryland, recogió agua salobre junto a un muelle en Nags Head, Carolina del Norte, utilizando un microscopio doméstico de 300 dólares. Tras regresar al lugar de manera repetida durante cuatro años, el equipo confirmó la existencia de dos microorganismos desconocidos para la ciencia en Roanoke Sound.

Las especies recién catalogadas recibieron los nombres de Paulinella marae y Paulinella murrayi. La denominación taxonómica rinde tributo a las personas que impulsaron la recolección de las muestras biológicas, obtenidas de manera definitiva en mayo de 2025. Con estas incorporaciones, el linaje unicelular conocido pasó de cuatro a seis integrantes fotosintéticos documentados.

El experimento natural que explica el origen de las plantas

El interés científico por este género no radica solamente en la novedad taxonómica, sino en el paralelismo evolutivo que encarna. Hace más de 1.500 millones de años, un antepasado de las plantas y las algas incorporó una cianobacteria capaz de realizar fotosíntesis, la cual terminó transformada en el cloroplasto tras un proceso de endosimbiosis primaria. Reconstruir aquella transformación directa resulta complejo debido a la distancia temporal transcurrida.

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El género Paulinella ofrece un segundo experimento natural independiente y mucho más reciente. Su ancestro capturó otra cianobacteria hace aproximadamente entre 90 y 140 millones de años, la cual evolucionó hasta convertirse en un cromatóforo, el orgánulo fotosintético visible en el interior de estas amebas.

Esa proximidad temporal permite examinar una transición análoga a la que originó la flora terrestre. La investigación difundida en el Journal of Phycology detalla cómo los científicos secuenciaron por completo los genomas de los cromatóforos de las dos nuevas especies para descifrar la transferencia de genes.

Diferencias genómicas y los retos del cultivo celular

El análisis de laboratorio expuso que los cromatóforos conservan un contenido genético similar al de otras especies del mismo género, aunque con variaciones estructurales significativas. Entre las alteraciones detectadas figuran una gran inversión en el genoma del cromatóforo, numerosos reordenamientos en los genomas mitocondriales y marcadores nucleares con filogenias divergentes. Los autores atribuyen estas discordancias a una combinación de muestreo restringido, diferentes velocidades de evolución genética y la escasez de especies conocidas para contrastar los datos.

Estabilizar los ejemplares en el laboratorio continúa siendo el desafío inmediato para el equipo científico. Según los reportes especializados sobre el trabajo de Maryland, la bióloga impulsa el cultivo de ambas amebas para facilitar futuros análisis de expresión génica y esclarecer la integración celular.

Aunque los organismos miden entre 10 y 30 micrómetros y aparecen de forma escasa en las muestras locales, los registros de naturalistas sugieren que podrían encontrarse distribuidos por gran parte del planeta. Para ampliar el alcance de la recolección, los impulsores del estudio fomentan una red colaborativa de microscopistas y aficionados que permita documentar nuevas ubicaciones de estos microorganismos clave para la biología evolutiva.

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