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Cómics: De la quema a la censura en EEUU

by Editora de Entretenimiento

En 1948, el crítico teatral estadounidense John Mason Brown lanzó una contundente afirmación: “Los cómics son la marihuana de la guardería, la pesadilla de la cuna, el horror del hogar, la maldición de los niños y una amenaza para el futuro”. Brown no fue el único en expresar su preocupación; escritores como Sterling North ya habían alertado sobre el impacto cultural de estas publicaciones en la infancia. Incluso J. Edgar Hoover, director del FBI, se sumó a las críticas.

Las décadas de 1930 y 1940 marcaron la edad de oro del cómic, con el surgimiento de historietas de superhéroes, terror, ciencia ficción y aventuras que definirían la industria. En una época sin televisión ni videojuegos, los cómics eran una fuente principal de entretenimiento para millones de niños estadounidenses. A finales de la Segunda Guerra Mundial, las ventas mensuales alcanzaban cifras millonarias, impulsadas por editoriales como National Comics Publications (precursora de DC Comics), Timely (Marvel) y Entertaining Comics (EC).

Iglesias, escuelas y grupos cívicos reaccionaron con alarma ante esta avalancha de publicaciones, organizando quemas públicas de cómics como un acto simbólico de purificación moral.

Muchas de estas publicaciones contenían representaciones gráficas de violencia, crimen y relaciones consideradas inapropiadas para la época, lo que provocó la indignación de los defensores de la moral. Iglesias, escuelas y grupos cívicos organizaron quemas públicas de cómics, donde niños y padres participaban en la destrucción de ejemplares como una forma de purgar pecados. Revistas de terror como The Haunt of Fear o Tales from the Crypt, títulos de suspense y detectives como Shock Suspense Stories, e incluso cómics de superhéroes, donde personajes como Batman o Superman a veces recurrían a la justicia por mano propia, se convirtieron en blanco de estas acciones.

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La histeria se alimentó del sensacionalismo de los medios de comunicación, que asociaban el consumo de cómics con la delincuencia juvenil. Algunas investigaciones forenses de la época sugerían que la adicción a estas revistas contribuía a comportamientos criminales en niños, e incluso un juez de Chicago ordenó mantener a los menores alejados de cómics y películas de gánsteres.

A pesar de un informe negativo encargado por el Congreso de Padres y Maestros de California a la Universidad de Stanford, que no encontró relación entre los cómics y la criminalidad, el clima era propicio para la propagación de la quema de cómics por todo el país.

En 1954, el psiquiatra neoyorquino Frederic Wertham publicó La seducción del inocente: la influencia del cómic en la juventud actual, donde argumentaba que los cómics llevaban a los jóvenes a la delincuencia y la desviación a través del horror, la violencia y el sexo. Wertham llegó a afirmar que Batman y Robin representaban un ideal homosexual, que Wonder Woman era una figura lesbiana sadomasoquista, y que los cómics convertían a niños de clase media en criminales y maníacos sexuales. Añadió casos concretos de jóvenes aficionados a los cómics que habían cometido delitos.

Estas afirmaciones fueron cuestionadas por David Wigransky, un joven de 14 años que publicó una carta en la Saturday Review of Literature argumentando que, si los veinte delincuentes mencionados por Wertham habían cometido sus crímenes por leer cómics, los otros 70 millones de lectores eran probablemente niños sanos y felices por la misma razón.

Una investigación del Senado concluyó que los cómics contribuían al aumento de la delincuencia juvenil, basándose en audiencias públicas que propagaron la percepción de una amenaza para la infancia. William Gaines, responsable de EC Comics, fue uno de los testigos y su reputación quedó dañada. Autores, guionistas y dibujantes se vieron obligados a ocultar su profesión, ya que trabajar en la industria del cómic se consideraba tan marginal como trabajar en la industria pornográfica.

Ante esta situación, los editores de cómics decidieron autocensurarse y crear un organismo que controlara las publicaciones, evitando su prohibición o destrucción.

Los editores de cómics, siguiendo el ejemplo de los ejecutivos de Hollywood, optaron por la autocensura y crearon la Comics Code Authority de la Asociación de Revistas de Cómic de Estados Unidos. Este código prohibía el uso de palabras como “terror” en los títulos, la representación glamorosa de los villanos, desnudos, vampiros, fantasmas, y exigía que la autoridad fuera siempre respetable y que el bien triunfara sobre el mal. Las revistas que cumplieran con el código recibirían un sello de aprobación.

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Tras la adopción del código, más de 800 dibujantes perdieron su empleo y el mercado se redujo de 650 a 250 títulos. Las revistas se orientaron exclusivamente a un público infantil, con historias de superhéroes planos, personajes insulsos y adaptaciones de series de televisión.

Stan Lee, creador de Spider-Man, Los 4 Fantásticos y Thor, relató que la Autoridad le prohibió publicar un número contra las drogas, una iniciativa del Departamento de Educación para la Salud y Bienestar, por incluir la palabra “droga” en el texto.

Con el tiempo, el debate sobre la peligrosidad de los cómics se atenuó. En los años 60 surgieron revistas underground asociadas al movimiento hippie, que exploraban temas como la sexualidad, el consumo de drogas, la política y la religión con un tratamiento explícito. A principios de la década de 1970, revistas en blanco y negro como Creepy y Eerie revitalizaron el género de terror y suspense.

En 1971, el Código relajó algunas restricciones sobre crímenes y terror, aunque mantuvo la prohibición de las palabras “horror” y “terror” en los títulos. Se flexibilizaron los estándares sobre el sexo gráfico y se permitió la aparición de vampiros, demonios y hombres lobo, siempre que se trataran según la tradición clásica.

A finales de los años 80, pocas editoriales pertenecían a la Asociación Americana de Revistas de Cómics. Marvel abandonó el Código en 2001, adoptando su propio sistema de clasificación. En 2011, tras la salida de DC y Archie Comics, la Comics Code Authority desapareció.

Hoy en día, los cómics ya no se queman y el Código es cosa del pasado, pero la censura persiste en ciertos sectores conservadores de la sociedad estadounidense. En los últimos años, obras como Maus, de Art Spiegelman, This One Summer, de Tamaki, Gender Queer, de Kobabe, Persépolis, de Satrapi, y Blankets, de Thompson, han sido prohibidas por juntas escolares por contenido considerado inapropiado.

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La censura también ha afectado a publicaciones en otros países. En España, la Audiencia Nacional prohibió en 2007 la venta de un número de El Jueves por “injurias a la corona”, y en 2014, la revista se autocensuró para evitar problemas similares.

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