Un recital que demostró por qué James Ehnes sigue siendo una figura imprescindible en los escenarios londinenses. Junto a su colaborador de larga data, el pianista Andrew Armstrong, el violinista canadiense ofreció una interpretación maestra de obras de Mozart, Elgar y Ravel en el Wigmore Hall el 16 de febrero de 2026.
Desde el primer movimiento de la Sonata en Si bemol mayor K454 de Mozart, Ehnes mostró un control notable, particularmente en los pasajes donde eligió finalizar frases con un up bow desafiante. Junto a Armstrong, lograron transmitir esa sensación de espacio y diversión que caracteriza los pasajes más ligeros de Mozart, con el Allegretto del tercer movimiento avanzando con precisión y vitalidad.
En la Sonata para violín de Elgar en mi menor, Op. 82, el violinista supo destacar tanto los detalles minuciosos como la estructura más amplia de la obra, comenzando con un tono puro y desolado en la sección de arpegios del primer movimiento para luego expandirse y abarcar la amplitud emocional que el compositor imprimió a la pieza. Armstrong estuvo atento a cada matiz, asegurando una comunicación total entre ambos intérpretes.
Fue en la Sonata para violín nº 2 de Ravel donde la pareja demostró su máxima compatibilidad. La afinación casi forense de Ehnes permitió que la batalla tonal del primer movimiento se percibiera con especial intensidad e incomodidad, mientras que el segundo movimiento se desenvolvió como un episodio perfectamente ahumado. El final, un Perpetuum mobile, fue interpretado por Ehnes con una frialdad cómica, destacando la manera en que su arco deslizaba sobre las cuerdas.
Con una segunda parte de apenas 17 minutos, el recital dejó espacio para que Ehnes ofreciera algunos de sus bises favoritos, entre ellos el Scherzo-tarantelle de Wieniawski y La danza de los duendes de Bazzini. Aunque quizá no haya practicado al detalle cada uno de esos cambios e intervalos, su juventud de espíritu y su carisma resultaron totalmente convincentes para el público presente.
