Durante mucho tiempo, el fin de la Edad de Hielo se sintió más como un desvanecimiento lento que como una ruptura abrupta. Los mamuts desaparecieron, las antiguas formas de vida se extinguieron y el clima se enfrió repentinamente, sin previo aviso. Arqueólogos y geólogos han debatido durante décadas sobre la causa. Algunos culparon a la caza, otros a los cambios climáticos naturales. Sin embargo, siempre ha existido una laguna incómoda en la historia: demasiadas cosas parecieron suceder a la vez. Una investigación publicada en PLOS One revive una idea que muchos habían descartado: algo violento pudo haber ocurrido en lo alto, no en el suelo. No un impacto al que se pudiera caminar, sino una explosión en el cielo, lo suficientemente poderosa como para dejar huellas que aún permanecen silenciosas en el suelo antiguo.
Científicos vinculan una explosión celeste de hace 13.000 años al enfriamiento abrupto de la Tierra
Hace aproximadamente 12.900 años, la Tierra experimentó un repentino período de frío conocido como el Younger Dryas. Las temperaturas cayeron drásticamente después de un largo período de calentamiento y los glaciares comenzaron a avanzar nuevamente. Al mismo tiempo, muchas especies de animales gigantes en Norteamérica desaparecieron, incluyendo mamuts, mastodontes y perezosos terrestres enormes. La cultura Clovis, famosa por sus notables implementos de piedra, también se desvaneció de la historia. Este período siempre ha intrigado a los investigadores, ya que las transiciones se sintieron repentinas en lugar de graduales. Según el último análisis, un cometa fragmentado explotó en la atmósfera sobre Norteamérica. No un único impacto, sino una gran explosión aérea que liberó un calor y una presión enormes sobre vastas áreas, provocando incendios y alterando los patrones climáticos de la noche a la mañana.
¿Qué pistas están enterradas en el suelo?
Los investigadores examinaron capas de sedimentos en sitios de Arizona, Nuevo México y California. Cada ubicación contenía una fina capa oscura, a menudo llamada “estera negra”. Esta capa coincide estrechamente con el inicio del período Younger Dryas. Dentro de ella, los científicos encontraron materiales inusuales: diminutos fragmentos de metal, vidrio fundido similar a trozos de roca que se habían licuado brevemente y, lo más sorprendente, cuarzo impactado. Se trata de granos de arena ordinarios que muestran fracturas que solo se forman bajo una presión extrema. Los volcanes y los incendios forestales no pueden producir este patrón. Utilizando microscopios, el equipo identificó características internas que sugieren una compresión y un calor repentinos. Las mismas señales aparecen en sitios distantes, lo que sugiere un único evento generalizado en lugar de desastres locales que ocurren por casualidad.
¿Por qué no hay un cráter a la vista?
Una de las razones por las que esta idea ha permanecido controvertida es la falta de un cráter de impacto obvio. La gente espera encontrar un agujero en el suelo. Sin embargo, los investigadores argumentan que no existiría uno. Es probable que el cometa se haya fragmentado y explotado en la atmósfera, de forma similar al evento de Tunguska en Siberia en 1908, aunque a una escala mucho mayor. En tales casos, la energía se dispersa hacia afuera en lugar de hacia abajo. El suelo siente la explosión sin ser golpeado directamente. Los modelos computacionales ejecutados por el equipo muestran que una explosión aérea podría crear los patrones de choque observados en el cuarzo y dispersar escombros a lo largo de miles de kilómetros. También provocaría incendios y arrojaría polvo y humo al aire, bloqueando la luz solar y enfriando el planeta.
¿Qué podría significar esto para los humanos y los animales?
Después de la explosión propuesta, la vida se volvió más difícil rápidamente. Los incendios habrían destruido bosques y pastizales. Las cenizas y el polvo habrían permanecido en la atmósfera, las cadenas alimentarias ya bajo presión podrían haber colapsado. Los animales grandes, de reproducción lenta, lucharon por recuperarse. Los grupos humanos que dependían de estos animales probablemente también sufrieron. La cultura Clovis parece terminar abruptamente, sin una transición clara a tradiciones posteriores. Esta ausencia ha desconcertado a los arqueólogos durante años. Esta teoría no pretende responder a todo. La caza, los cambios climáticos y las enfermedades aún pueden haber desempeñado un papel. Pero añade una pieza que faltaba: un choque repentino, que llegó desde arriba, transformando un mundo ya cambiante en algo mucho menos indulgente.
La evidencia no grita, sino que permanece silenciosa en finas capas de suelo y granos de arena fracturados. Aún así, sugiere que, por un breve momento hace mucho tiempo, el cielo mismo pudo haber sido parte de la historia.
