Flevoziekenhuis: ¿Adiós al contacto humano?

by Editora de Salud

El hospital Flevo en Almere ha suspendido de inmediato los apretones de manos. A partir de ahora, solo se permitirán sonrisas, saludos con la mano, colocar la mano sobre el corazón o palabras amables.

La prevención de infecciones es el argumento: reglas claras previenen la propagación de virus entre pacientes vulnerables. La intención es buena, pero la implementación se siente fría. Precisamente para los más vulnerables, aquellos que no se comunican con palabras, sino con el tacto, esta política les quita algo esencial: una cercanía reconfortante.

Punto uno: mi hija
Ella tiene una discapacidad intelectual. Un abrazo no es una formalidad para ella, sino su forma de decir: “Tengo miedo, abrázame”. Si un cuidador se aparta de sus brazos abiertos, se inquieta y se aísla. Me quedo allí con lágrimas en los ojos, impotente. En noviembre, estuvo semanas en diferentes hospitales. También en el hospital Flevo. Allí sí la abrazaban y acurrucaban, incluso enfermeras y jefes de departamento. Ese contacto la calmaba, la hacía más abierta y fuerte. Lo vi con mis propios ojos: aceleró su recuperación. Para ella, el calor físico es un medicamento, indispensable junto con el tratamiento médico.

Punto dos: personas con demencia
Para ellos, las palabras son lo primero que desaparece. Una sonrisa o un saludo cordial a menudo no se registran. Pero una mano en el hombro, un brazo alrededor de ellos, sí. Eso dice sin palabras: “No estás solo”. En su confusión, ese es el último vínculo con el mundo. Una prohibición del tacto les priva de ese último consuelo, precisamente cuando más lo necesitan.

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Esta política reduce la atención a protocolos e higiene. Ignora que el contacto consciente y seguro ha demostrado científicamente que es curativo: reduce el estrés, estimula la oxitocina, fortalece el sistema inmunológico y acelera la curación. Mi experiencia en noviembre lo demuestra en la práctica.

La prevención de infecciones es crucial, pero una prohibición rígida es demasiado brusca. Den a los cuidadores espacio para el juicio profesional: limiten el contacto innecesario, pero permitan el tacto curativo donde sea necesario. Digan como hospital: “Protegemos contra infecciones y nos mantenemos cerca de manera segura y humana”.

La atención sin calidez es gestión, no atención. Mi hija y todos esos ancianos con demencia merecen algo mejor: un hospital que vea el cuerpo, la mente y al ser humano en su totalidad. Este es el sentimiento que me queda: “No confían lo suficiente en nuestra higiene y en su salud como para permitir siquiera un simple saludo”.

Es una lástima, porque hace que la atención sea innecesariamente fría y distante, precisamente cuando las personas son vulnerables.

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