¿Cómo transformar un clásico western de Hollywood en un espectáculo musical para el West End? La respuesta, en este caso, es añadir canciones –muchas de Bruce Springsteen–, algunas coreografías de baile y un protagonista carismático como Billy Crudup. La propuesta de Thea Sharrock, sin embargo, resulta inicialmente un tanto extraña, con una sucesión de escenas breves y un ritmo que recuerda a la madera tosca de los tablones del salón que conforman el atractivo decorado.
Pero una vez que la obra encuentra su flujo, se convierte en un debate apasionante. La tensión aumenta a medida que se acerca el enfrentamiento entre Frank Miller (James Doherty), que regresa a este “pueblo sucio en medio de la nada”, y el sheriff Will Kane (Crudup), quien lo encarceló. Esta energía se debe, en gran medida, a la sorprendente y urgente relevancia de esta película de 1952, que explora cómo una comunidad lidia –o más bien, evade– sus responsabilidades cívicas ante la corrupción institucional.
Originalmente una alegoría del macartismo (su guionista, Carl Foreman, fue incluido en la lista negra), la historia enfrenta la cobardía de la mayoría contra el coraje de unos pocos, en este caso, el solitario y heroico Kane, que moviliza su defensa contra Miller y sus secuaces tras ser abandonado por los habitantes del pueblo. La película fue criticada por John Wayne por su retrato poco halagador de la comunidad; la producción teatral cobra vida en sus argumentos sobre la inacción colectiva y parece hablar directamente sobre los dilemas que enfrenta el oeste americano en la era de Trump (el reciente tiroteo en Minneapolis es solo un ejemplo más). El guion de Eric Roth utiliza muchas líneas del guion original de Foreman, pero profundiza en los debates sobre la postura ética de una comunidad frente a la injusticia y los mitos estadounidenses sobre la inmigración.
La química entre Crudup y la versátil Denise Gough, quienes interpretan a la pareja central en su día de boda, también es destacable. Ella es Amy Fowler, una cuáquera que aborrece la violencia; él es el sheriff que acaba de renunciar a su “estrella” para empezar de nuevo como tendero. Todo cambia cuando llega la noticia de que Miller arribará al pueblo al mediodía.
Gary Cooper hizo suyo este papel, con una integridad comparable a la de Gregory Peck como Atticus Finch en Matar a un ruiseñor. Crudup logra sostener el personaje en el escenario como un hombre recto, sincero y cada vez más desesperado. Gough aporta una mayor crudeza y modernidad a su personaje en comparación con Grace Kelly. La pareja resulta convincente, aunque la caracterización algo limitada no permite explorar todo el potencial de sus habilidades.
Otros personajes, como el ayudante del sheriff Harvey Pell (Billy Howle) y la empresaria mexicana Helen (Rosa Salazar), parecen algo superficiales, aunque la conexión entre esta última y Amy resulta refrescante, y Roth les da a estas mujeres una voz y una textura más rica.
Varias canciones de Springsteen aportan su propia carga política estadounidense (desde el optimismo fronterizo de Land of Hope and Dreams hasta The Rising, escrita en respuesta al 11-S). Algunas se interpretan a capela, principalmente por Gough, cuya voz transmite desolación, aunque la repetición de I’m on Fire resulta excesiva.
En ocasiones, parece un musical reacio, con canciones cortas y poco elaboradas, pero la música percusiva y el diseño sonoro son siempre impactantes, al igual que la iluminación de Neil Austin, que aporta claridad emocional e intriga. Un reloj es el elemento central del diseño de Tim Hatley, marcando el tiempo hasta la llegada del tren y el posterior enfrentamiento, que logra mantener la tensión y el drama a pesar de la dificultad de escenificar un tiroteo en todo el pueblo.
A pesar de su rigidez inicial, la obra gana impulso y ofrece momentos conmovedores. En última instancia, el mensaje político es el más resonante, aprovechando el miedo del macartismo y el terror de la era Trump.
