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by Editor de Mundo

Tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, Jerusalén vive nuevamente bajo la sombra del temor. Las calles están desiertas, los lugares de culto permanecen cerrados y los comercios de la Ciudad Vieja han bajado sus persianas. Observando la situación actual, el padre Ibrahim Faltas, antiguo vicario de la Custodia de Tierra Santa y responsable de las escuelas de la Custodia, recuerda el 7 de octubre de 2023, cuando la ciudad fue objeto de un ataque con cohetes. Comparte sus recuerdos de ese día trágico, que resuena con los tiempos actuales, en los que las llamas de la guerra consumen toda la región de Oriente Medio.

Ibrahim Faltas

“Junto con los maestros y el resto del personal escolar, apenas pudimos mantener la calma necesaria para tranquilizar a los niños, a quienes sus padres habían llevado a la escuela hacía apenas unos momentos, se habían despedido y continuado con sus actividades diarias”, relata el franciscano de origen egipcio. “No fue fácil para los maestros contener las lágrimas mientras animaban a los niños. Justo antes de entrar a clase, todos juntos habían rezado una sencilla oración de San Francisco. Miré a los niños y en sus tristes ojos vi un trauma latente”.

“Vivimos cerca de los lugares sagrados, aparentemente de forma normal, porque creemos, rezamos y esperamos, pero el ensordecedor ruido de la guerra siempre nos devuelve a la dolorosa realidad”, afirma el padre Faltas. “Los niños no conocen la violencia, no comprenden las razones inhumanas de la violencia y siguen siendo víctimas inocentes del absurdo provocado por el mal. Los niños solo conocen y reconocen el bien. En estos momentos tiemblan y el mal los hace temblar. Es el miedo a algo que no conocen, lo que apaga sus sonrisas, las sonrisas de todos los niños que sufren y mueren en tierras devastadas por la guerra. Sufren y mueren en Gaza, Teherán, Kiev, Tel Aviv. Los niños están asustados, los aflige la tristeza, sufren de hambre y frío, sentados en tiendas empapadas, aislados en refugios y búnkeres, o peor aún, enterrados bajo los escombros de escuelas y casas. No pueden jugar, usar bolígrafos y lápices de colores. Y todo esto es el resultado inhumano de la guerra”.

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Tras el 7 de octubre de 2023, numerosas apelaciones de la comunidad internacional han instado a un retorno a la humanidad. Estas han sido expresadas con especial intensidad por dos papas, autoridades civiles y religiosas, hombres y mujeres comunes, así como por figuras públicas reconocidas. Las respuestas no se han hecho esperar y, en caso de haberlas, hasta ahora no han producido resultados ni soluciones en Gaza, Tierra Santa y otros lugares que llevan años siendo devastados por la guerra y la violencia.

“¿Quién debe responder a las demandas de paz? ¿Qué humanidad responde a la humanidad herida?”, se pregunta el franciscano, que lleva muchos años viviendo y trabajando en Tierra Santa. Argumenta que son preguntas a las que es imposible responder si durante años se pisotearon los derechos fundamentales de personas inocentes y si los deberes de la comunidad internacional están subordinados a los intereses de la economía de guerra, así como a la falta de interés por los que sufren.

En Gaza, a los niños se les han negado los derechos a un desarrollo pacífico. En lugar de recibir atención médica y educación, se ven obligados a buscar entre los escombros objetos que vender a cambio de comida y mantas. ¿Qué humanidad los apoya y los ayuda mientras rebuscan en el polvo y se preocupan por otros inocentes? ¿Quién todavía se acuerda de ellos? ¿Qué humanidad no permitió apresurarse a ayudar a aquellos que buscaban refugio, pero perdieron la vida en el mar, cuyas costas ahora arrojan sus cuerpos, sus sueños y sus esperanzas? ¿Qué humanidad no respeta los acuerdos sobre tiempos y formas que podrían detener las hostilidades y permitir que aquellos que esperan el fin de la violencia y el sufrimiento inimaginable respiren?

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Son preguntas que no tienen respuesta, preguntas que no responden las personas sobre cuyos hombros recae la responsabilidad moral de no permitir que el mal sea el árbitro absoluto en estos nuestros tiempos. “Mi experiencia de vida en Tierra Santa”, escribe el padre Ibrahim Faltas, “me hace seguir creyendo y esperando que haya seres humanos cuyo corazón alberga un amor incondicional y sin límites por el prójimo, que sean capaces de tender una mano amiga, escuchar atentamente, dar un abrazo que caliente el alma. Esa es la humanidad que cada ser humano debería reconocer en sí mismo, y esa es la humanidad que la comunidad internacional debería representar. Los derechos y los deberes, la responsabilidad y el respeto son elementos esenciales para seguir siendo humanos, para creer, confiar y esperar en la humanidad, para poner fin al ruido de la guerra y permitir que suene la melodía de la paz”.

Texto traducido y adaptado por Inese Šteinerte

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