Para los amantes del cine de autor y, especialmente, para quienes ya se han rendido a la maestría del director italiano Paolo Sorrentino, La Grazia es una joya más en su filmografía, aunque de un brillo más contenido. Fue en el Festival Internacional de Cine de Santa Bárbara en 2014, con la proyección de su película ganadora del Oscar, La Gran Belleza, cuando descubrí su cine, cautivado por su espectáculo deslumbrante al estilo Fellini –una fiesta sensorial que combina lirismo y comentario social y filosófico–. Desde entonces, he admirado su trabajo en Youth, la provocadora serie de HBO El Joven Papa, la extraña This Must Be the Place con Sean Penn, hasta su más reciente película, Parthenope.
La Grazia, que se traduce como “la gracia” o “el perdón”, explora precisamente este concepto desde múltiples perspectivas. El presidente Mariano de Santis (interpretado magistralmente por Toni Servillo, a quien ya vimos en La Gran Belleza) se encuentra al final de su mandato, debatiéndose entre la revisión de casos de indulto y la posible aprobación de una ley de eutanasia, otra forma de perdón.
Pero el perdón más personal para el presidente es el de su difunta esposa, Aurora, quien lo traicionó cuarenta años atrás y ahora lo atormenta desde el más allá. Su presencia se siente a través de su vibrante guardarropa y de los recuerdos que despierta en el presidente.
La película se sumerge en el mundo interior de De Santis, tanto en su estado mental y emocional como en el lujoso y a la vez opresivo ambiente del palacio presidencial. La atmósfera, cuidadosamente construida por Sorrentino, puede resultar claustrofóbica, pero también acogedora, manteniendo al presidente aislado del bullicio del mundo exterior.
Hay excepciones, como su visita a una prisión para entrevistar a un posible indultado, su aparición en la ópera de La Scala, donde recibe una ovación entusiasta, o sus encuentros “a través de pantallas”, disfrutando de una presentación de danza contemporánea con música electrónica que contrasta con la escasa banda sonora de la película. También se comunica con un astronauta en una estación espacial, quien llora y ríe a la vez, una imagen que refleja la propia soledad del presidente.
En su círculo íntimo, el presidente cuenta con el apoyo de su sabia hija (Anna Ferzetti) y de Coco (Milvia Marigliano), una crítica de arte perspicaz cuya influencia en su vida crece a medida que avanza la trama. Otro aliado es el Papa (Rufin Doh Zeyenouin), una figura reflexiva –y notablemente, un Papa negro, siguiendo la costumbre de Sorrentino de subvertir las expectativas–, quien le aconseja: “¿Sabes lo que necesitas? Gracia”.
En esencia, La Grazia es un relato pausado y paciente que sigue el proceso del protagonista para aceptar el final de su carrera política, confrontar sus demonios internos y encontrar una nueva paz. Como él mismo expresa, en una edad en la que la pasión escasea, él ha encontrado la gracia, y “la gracia es la belleza de la duda”.
Para los aficionados al cine de autor y al drama sutil, y por supuesto, para los seguidores de Sorrentino, La Grazia es una película imprescindible en la actual temporada cinematográfica.
La Grazia se está proyectando actualmente en el SBIFF Rivera Theatre. Ve el tráiler aquí.

