Abril de 1803. Napoleón Bonaparte firmó uno de los acuerdos más trascendentales de la historia moderna: la venta de Luisiana a los Estados Unidos. Con un simple gesto, Francia cedió a la joven república estadounidense más de 2 millones de kilómetros cuadrados por apenas 15 millones de dólares de la época. Una transacción que alteraría para siempre el mapa del continente americano y la historia mundial.
Bautizada en honor a Luis XIV
En los siglos XVII y XVIII, Luisiana no se correspondía con el estado actual del mismo nombre. Era un vasto territorio que se extendía desde el golfo de México (con un acceso limitado al mar) hasta las montañas Rocosas, abarcando casi quince de los futuros estados estadounidenses. Francia tomó posesión de la región en 1682, con la expedición de Robert Cavelier de La Salle.
El nombre fue elegido en homenaje al soberano de la época, el rey Luis XIV. Sin embargo, durante el reinado de Luis XV, estalló la Guerra de los Siete Años. En 1762, el territorio pasó a dominio español, permaneciendo bajo su control durante treinta y ocho años.
En 1800, Napoleón Bonaparte, entonces Primer Cónsul, negoció en secreto con Madrid el Tratado de San Ildefonso, mediante el cual Luisiana volvió a ser francesa. El sueño imperial resurgía. Napoleón se encontraba en la cima de su gloria, poco antes de ser coronado emperador en diciembre de 1804.
