El guionista de cómics escocés Grant Morrison creó entre 1994 y 2000 Los Invisibles, una serie de superhéroes que destaca por ser profundamente personal e inclasificable. A pesar de haber trabajado en títulos como La Liga de la Justicia, X-Men, Batman o All-Star Superman –que inspiró la reciente película de James Gunn–, esta obra sigue siendo la más representativa de su visión del arte, la vida y el anarquismo.
Este enero, la colección ha sido reeditada por segunda vez en España, con un ligero retraso en la celebración de su 30 aniversario. Esta nueva edición forma parte del primer proyecto en el que los derechos de la editorial DC están en manos de Panini, quienes ya han puesto a la venta el primer de al menos cinco volúmenes que recopilan las 12 entregas iniciales de los 59 números que componen la serie original.
Publicada bajo el sello Vertigo de DC, reservado para propuestas más rupturistas que no encajaban en el universo de Batman y Superman, Los Invisibles narra la historia de un grupo de rebeldes, el Colegio Invisible, que a través del viaje en el tiempo, el kung-fu, la meditación y la magia del caos, se enfrenta a la Iglesia Exterior, una entidad formada por monstruos “gnósticos” de otra dimensión que esclavizan a la mayor parte de la humanidad a través del control simbólico.
Según Lewis Call, historiador, filósofo posanarquista y estudioso de la obra de Morrison, “Estados Unidos está actualmente gobernado por una banda viciosa de pedófilos fascistas nihilistas. Realmente se parece a la Iglesia Exterior. El Partido Demócrata no puede salvarnos de algo así. ¡Necesitamos al Colegio Invisible!”.
‘Los Invisibles’ de Grant Morrison, un cóctel molotov contra el conformismo. Imagen cortesía de Panini.
Morrison desarrolló en su ensayo Supergods (Tuner, 2012) cómo la serie y el personaje de King Mob fueron un ejercicio para crear un “traje de ficción” con el que explorar la conexión entre el mundo de las ideas y la vida real. Según el autor, en cada personaje se mezclaba una parte de sí mismo y de personas que conocía: “Dane McGowan, el joven amante del street punk destinado a convertirse en un bodhisattva, era el cínico de la clase trabajadora que seguía teniéndome bajo control; King Mob era el mago del caos artístico y con gusto en el vestir; Ragged Robin representaba mi alma sensible; Lord Fanny mi disfraz de bruja travesti indomable; y Boy era la voz de la razón, práctica y pragmática, que se aseguraba de que pagase religiosamente las facturas y los impuestos y diese de comer a los gatos”.
Morrison toma el nombre de King Mob, protagonista y alter ego, de un grupo de artistas situacionistas londinenses de los años 60 y 70 que publicaban la revista King Mob Echo. El término puede traducirse como “rey de la mafia”, una jerga para un capo criminal, o literalmente como “rey multitud”. El propio Morrison considera que la estética de Los Invisibles anticipó la película Matrix (2000), otra distopía antisistema de ciencia ficción con una lectura queer explícita.
Contracultura y años 90
Para Call, la relevancia de Los Invisibles es incluso mayor hoy que en su momento de publicación: “En los 90 todavía era posible creer que el capitalismo podía ser contenido por la ley. Ahora los capitalistas pueden hacer lo que quieran sin temor a consecuencias legales”. El Colegio Invisible, según explica, “desarrolló un modelo postsituacionista de acción directa táctica que ha resultado muy útil en el primer cuarto del siglo XXI. Los héroes de Los Invisibles utilizaron el espectáculo con fines revolucionarios”.
Los héroes de Morrison son expertos en el ‘détournement’, una táctica situacionista que consiste en “remezclar símbolos visuales del mainstream para darles un significado político radicalmente diferente”, señala el filósofo Lewis Call.
Call señala que esta táctica se refleja hoy en la cultura del meme en línea y en la capacidad de algunos activistas para subvertir la imaginería reaccionaria, o en los ciudadanos de Mineápolis que grabaron las acciones del ICE de Trump, a quienes considera “espectadores emancipados” según la teoría postsituacionista de Jacques Rancière.
Diego Salgado y Elisa McCausland, analistas culturales y colaboradores de El Salto, añaden que una obra con la cita “es el fin del mundo tal y como lo conocemos” es especialmente vigente en un presente marcado por la incertidumbre. Recuerdan que en Los Invisibles se afirma que “hemos creado dioses y carceleros porque nos sentíamos pequeños, avergonzados y solos, y dejamos que esos dioses y carceleros nos juzgaran y nos llevasen al matadero tras ser sentenciados”. En la actualidad, comparan, seguimos alimentando a esos dioses y carceleros con ansiedad y el deseo de participar en la simulación. Según Salgado y McCausland, Los Invisibles “contribuye a abrir esa pequeña rendija, a rasgar el velo de la realidad, para acceder a otro estado de conciencia y, por tanto, del ser”.
Morrison creía tanto en el poder de la ficción para alterar la realidad que, tras enfermar después de que los villanos torturasen a su “traje de ficción” King Mob en el cómic, escribió una recuperación física y mental del personaje, en la que incluso consiguió una novia. Afirma que lo mismo le ocurrió a él.
Sin embargo, la fuerza de significado de la obra en los años 90 parece, en muchos aspectos, lejana al contexto de 2026. Para McCausland y Salgado, no es tan importante que los lectores presten atención a la contracultura y los movimientos antiglobalización de los 90 al leer Los Invisibles, sino que, al disfrutarlo en 2026, “se hagan preguntas sobre la legitimidad de la contracultura y el activismo antiglobalización hoy. Y nos atreveríamos a decir que, desde ese punto de vista, es una obra tan reveladora o más en la actualidad que entre 1994 y 2000”.
King Mob, de ‘Los Invisibles’, alter ego del propio Grant Morrison. Imagen cortesía de Panini.
Call concluye que las historias están vivas y que, aunque una sola historia no puede cambiar el mundo, sí puede reflejar y amplificar los cambios que sus creadores desean ver.
