Siempre asocié la palabra extracción con la odontología, con la necesidad, a veces inevitable, de remover una muela dañada. Sin embargo, recientemente hemos sido testigos de una “extracción” de un tipo muy diferente: la de un líder político, Nicolás Maduro, en su camino hacia un proceso judicial en Nueva York. La imagen, ciertamente, resulta llamativa.
La situación, aunque pueda parecer irónica, nos invita a reflexionar. Si bien la remoción de un individuo del poder puede ser un evento singular, el caso de Maduro, líder de un régimen que ha sumido a Venezuela en una profunda crisis, representa algo más. Durante 26 años, su gobierno ha sido responsable de graves violaciones a los derechos humanos, empobreciendo a la nación y socavando la voluntad de su pueblo.
El sujeto era nada menos que Nicolás Maduro, ese dictador tan podrido como la muela –inservible– que se extrae. (Foto: Getty)
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Desde una perspectiva más amplia, esta situación puede considerarse una “operación” que busca minimizar el daño causado por un régimen autoritario. Si se compara el impacto de esta acción con los miles de asesinatos, desapariciones y actos de tortura cometidos durante décadas, el balance, aunque complejo, puede considerarse positivo. Sin embargo, es crucial evitar simplificaciones y reconocer que la justicia internacional a menudo se ve limitada por la falta de mecanismos efectivos para su aplicación.
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En un mundo imperfecto, cada decisión conlleva consecuencias. Es fundamental evaluar cuidadosamente estas consecuencias y buscar soluciones que, aunque no sean perfectas, representen una mejora gradual. La inacción, a menudo, es la peor alternativa.
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Es imperativo abordar los problemas de manera proactiva y no dejarlos sin resolver. En este sentido, la situación en Venezuela nos recuerda la importancia de fortalecer las democracias y combatir las dictaduras, garantizando así el estado de derecho y la convivencia pacífica bajo normas internacionales.
