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Marina Hands: Serenidad tras la tormenta

by Editora de Entretenimiento

Marina Hands, una de las comediantes más galardonadas de su generación, prefiere moverse con discreción. Con casi 25 películas y una treintena de obras de teatro clásicas –incluyendo dos premios Molière– en su haber, nunca ha buscado la autopromoción. Su César de 2007 por Lady Chatterley fue un punto de inflexión, impulsándola a la fama pero también generando un desequilibrio. La atención mediática sobre su imagen y la construcción de una “actriz” que no se reconocía a sí misma, fracturaron una estabilidad ya frágil.

Hija del director británico Terry Hands y la actriz Ludmila Mikaël, Marina atravesó un período turbulento donde su propio rigor se volvió en su contra. La reconstrucción requirió tiempo, dedicación al teatro, un cierto alejamiento y mucha paciencia. Hoy, como la 542ª socia de la Comédie-Française, nos recibe en los bastidores del teatro de Molière, acompañada de su perro Miki. A punto de cumplir los cincuenta, irradia serenidad y sencillez. En 2026, se encuentra en un momento de calma, explorando simultáneamente el teatro, el cine, la dirección y la música. Un remanso de paz, quizás, el lugar adecuado.

LA TRIBUNE DIMANCHE – Recientemente afirmaste: “He elegido dedicar mi vida al trabajo.” ¿Es una forma de escapar de tu propia realidad?
MARINA HANDS Al acercarme a la cincuentena, me di cuenta de que ya no tenía nada que demostrar. No estoy casada, no tengo hijos, y ya nadie –ni la sociedad ni los demás– espera nada de mí. Es como una vida extra, una nueva libertad que finalmente me permite vivir para mí misma.

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