En Gaza, la guerra trasciende los bombardeos y la destrucción de edificios. Se infiltra en los cuerpos, se instala en los estómagos vacíos y transforma el acto más fundamental de la vida –dar a luz– en una lucha diaria por la supervivencia. La historia de Hadeel Al-Gharbawi, una joven madre de dos hijos, es una ilustración cruda de esta realidad.
Cuando la guerra estalló en octubre de 2023, Hadeel estaba embarazada de siete meses. Todo estaba planeado: un seguimiento médico riguroso, consultas regulares y una preparación cuidadosa. En cuestión de horas, esta frágil normalidad se hizo añicos. El desplazamiento forzado se convirtió en su nueva rutina. En pocas semanas, cambió de refugio más de una docena de veces. Su casa fue destruida. El embarazo de riesgo continuó sin seguridad, sin privacidad y sin certeza. Los hospitales, que eran objetivos o estaban saturados, se transformaron en lugares de extrema angustia. En Al-Shifa, la vida y la muerte coexistían de manera brutal: cuerpos no identificados, restos humanos y olores insoportables. Estar embarazada en este entorno significaba llevar vida mientras se estaba rodeada de muerte. El sur de Gaza, presentado como una zona más segura, no lo era. En los campos de desplazados, cada gesto se volvía peligroso y cada noche era una fuente de miedo. Hadeel dio a luz bajo los bombardeos, con el temor de ser separada de su hijo. Luego vino el período posnatal, a menudo ausente en los relatos de guerra: dolor sin medicamentos, hacinamiento extremo, agotamiento y depresión silenciosa. La tienda de campaña se convirtió en un nuevo hogar. El frío mataba tanto como las bombas. Las madres dormían medio despiertas, vigilando la respiración de sus recién nacidos, conscientes de que algunos niños morían simplemente de frío. La maternidad se transformó en una vigilancia constante. Cuando Hadeel quedó embarazada por segunda vez, la pregunta dejó de ser solo médica para convertirse en existencial: ¿cómo dar vida cuando ya no se tiene nada? La hambruna se convirtió en un arma. Las comidas se redujeron a una verdura, a veces menos. La madre se privaba para alimentar a su hijo. La guerra se medía entonces en kilos perdidos, cuerpos demacrados y bebés con bajo peso. El breve alto el fuego de enero de 2025 ofreció una frágil esperanza, que se desvaneció rápidamente. La reanudación de los bombardeos borró la poca estabilidad que se había recuperado. El segundo parto tuvo lugar en una ambulancia, por falta de tiempo y de recursos. Solo dos kilos para el recién nacido, un símbolo de una infancia ya marcada por la privación. Incluso después del parto, la violencia continuó: falta de anestesia, camas requisadas y regreso a pie unas horas después del nacimiento. En Gaza, la maternidad ya no es un derecho, sino una resistencia. A través del relato de Hadeel Al-Gharbawi, se revela una realidad: la de las mujeres obligadas a dar a luz en un contexto donde la guerra destruye no solo las ciudades, sino también las condiciones mínimas de la dignidad humana. En Gaza, dar vida se ha convertido en un acto silencioso de resistencia frente a una guerra que también mata por el hambre, el agotamiento y el abandono.
M. S.
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