Dos jóvenes artistas de Baja Austria sacudieron la escena artística internacional a principios del siglo XX: Egon Schiele y Oskar Kokoschka. Actualmente, sus ciudades natales han puesto el foco en la conflictiva relación que mantuvo este dúo de figuras emblemáticas del expresionismo austriaco.
Una rivalidad marcada por la distancia y la observación
La historia de este vínculo comenzó a cobrar fuerza en 1909, cuando ambos pintores y dibujantes —Schiele, originario de Tulln, y Kokoschka, proveniente de Pöchlarn (distrito de Melk)— causaron sensación al exponer sus obras en la muestra artística internacional de Viena. A partir de ese momento, se inició un juego de percepciones mutuas.

Christian Bauer, director artístico del Museo Schiele de Tulln, describe esta dinámica como una mezcla de «estar juntos, estar enfrentados y estar uno al lado del otro», subrayando que siempre fueron dos artistas que se mantuvieron en el foco del otro, observándose y reaccionando mutuamente.
Sin embargo, el sentimiento no era recíproco. Para Schiele, Kokoschka —quien era ligeramente mayor— representaba un modelo a seguir; el artista no solo escribió sobre él en sus cartas, sino que incluso poseía algunas de sus pinturas. Por el contrario, Kokoschka optó por la indiferencia. Según Anna Stuhlpfarrer, curadora del Museo Kokoschka de Pöchlarn, Schiele no aparece ni una sola vez en los miles de sobres que Kokoschka envió a sus amigos, familiares y mecenas, definiendo esta relación como una «cierta competencia a distancia».
Coincidencias artísticas y el desafío a la norma
A pesar de su rivalidad, ambos compartieron visiones artísticas profundas. Tanto Schiele como Kokoschka reinventaron el autorretrato y se percibían a sí mismos como marginados. Asimismo, ambos utilizaron el desnudo propio como tema recurrente, aunque este elemento tuvo una importancia mayor en la obra de Schiele.
Desde una perspectiva más amplia, el expresionismo en Austria estuvo representado principalmente por estas dos figuras. A través de retratos y desnudos con un lenguaje corporal cargado psicológica y sexualmente, buscaron penetrar en la psique humana y desafiar la fachada de conformidad y complacencia que predominaba en la cultura vienesa de la época.
Este tensa relación de competencia y observación mutua alcanzó un punto crítico en 1918, año en que la rivalidad estalló abiertamente tras la muerte de Gustav Klimt.
