Es común ganar alrededor de tres kilos durante las fiestas navideñas, debido a las comidas abundantes. Sin embargo, los expertos indican que, al retomar la rutina habitual, es posible recuperar la forma física anterior e incluso revertir el aumento de peso en tan solo 21 días, sin necesidad de recurrir a dietas drásticas, lo que permite disfrutar de las celebraciones de manera saludable.
Para quienes buscan una solución más estructurada para la pérdida de peso, las dietas pueden ser una opción. A lo largo de la vida, muchas personas han seguido algún tipo de régimen alimenticio, ya sea por motivos de salud, como alergias o enfermedades, o por razones estéticas o de estilo de vida, como la dieta mediterránea o la vegetariana. En esencia, una dieta es simplemente el hábito alimenticio de cada individuo.
En la actualidad, las dietas son muy populares debido a la creciente preocupación por el cuidado personal y la calidad de vida. Este interés se ve impulsado por los avances científicos y las investigaciones médicas sobre el metabolismo de los alimentos, así como por la exigencia personal de mantener un estilo de vida saludable.
Las primeras recomendaciones dietéticas se remontan a hace más de dos mil años, a un papiro egipcio que aconsejaba: «un vaso de agua calma la sed, un puñado de vegetales fortalece el corazón, toma una sola cosa en lugar de manjares, un pedazo pequeño en lugar de uno grande”.
Pero la primera “dieta milagro” documentada tiene origen en la península ibérica, concretamente en el reino de León, y su protagonista fue el rey Sancho I, nacido en el año 933. Tras la muerte de su hermano Ordoño III en 956, fue coronado en Santiago de Compostela.
Su reinado fue breve, durando solo dos años antes de ser destronado por el infante Ordoño Alfonso, y estuvo marcado por controversias relacionadas con su físico. Sancho I era conocido como «El Gordo» o «El Craso» debido a su obesidad, lo que generaba dudas sobre su capacidad para gobernar.
Los nobles leoneses, liderados por Fernán González, conde de Castilla, no toleraban la extrema obesidad del rey, que le impedía liderar tropas, defender fortalezas e incluso realizar tareas cotidianas.
La predisposición a ganar peso se manifestó desde su infancia, ya que Sancho I no era aficionado al ejercicio. Pasó gran parte de su niñez en Burgos con su tía Sancha de Pamplona, alejado de sus padres. Su educación fue supervisada a distancia por su abuela, Toda, reina viuda y regente de Navarra.
Como rey, Sancho I era conocido por sus fastuosos banquetes, con hasta siete comidas diarias y una gran variedad de platos, donde la carne de caza era el plato principal, a pesar de la escasez de alimentos en la España cristiana de la época. Se describe a Sancho como un joven con poca voluntad y tendencia a la obesidad.
Estas “comilonas” llevaron al monarca a superar los 240 kilos, lo que le dificultaba moverse, incorporarse de la cama, vestirse con armadura e incluso montar a caballo. Se cuenta que, en un intento de entrar triunfalmente en la ciudad, intentaron hacerlo montar en un asno, pero el animal no pudo soportar el peso y se desplomó.
Tras perder el trono en 958, Sancho I se refugió con su abuela materna, quien, con el apoyo del califa de Córdoba, Abderramán III, contactó con Hasday ibn Shaprut, un médico judío, para que diseñara un plan para reducir su peso, a cambio de la entrega de fortalezas en la frontera por parte de los partidarios de Sancho I.
Este acuerdo permitió a Sancho I recuperar el trono en 960, tras haber experimentado una notable pérdida de peso. Mantuvo su reinado durante seis años más.
Este episodio histórico se considera el inicio de la primera “dieta milagro” exitosa. Se dice que el tratamiento del sabio judío fue tan efectivo que Sancho I perdió más de 120 kilos en cuarenta semanas, es decir, a un ritmo de tres kilos por día.
El tratamiento consistía en infusiones de diversas plantas, incluso opiáceos, ejercicio físico, y métodos más extremos como atarle las manos y coserle la boca para evitar que ingiriera alimentos, bajo la supervisión de su abuela Toda, permitiéndole solo consumir líquidos a través de una pajita. El tratamiento provocaba vómitos y diarreas, acelerando la pérdida de peso, además de baños y masajes para mitigar la flacidez de la piel.
Aunque algunos expertos cuestionan la posibilidad de perder tanto peso en tan poco tiempo, las crónicas de la época describen un cambio significativo en la condición física de Sancho I, pasando de ser un rey con sobrepeso y limitaciones de movimiento a un gobernante más ágil y esbelto durante sus últimos seis años de reinado.
