El covid-19 ha dejado de ser una preocupación central en la conversación pública, pero su impacto continúa afectando la vida de muchas personas. A Nicolás Pérez, vecino de Marín, el virus lo marcó irrevocablemente en marzo de 2020, cuando era director técnico de una importante empresa pesquera gallega en Mozambique y estuvo a punto de perder la vida a causa de la enfermedad.
Como relató FARO, Pérez sufrió una agonía en coma inducido y una larga recuperación. Seis años después, con 59 años y un 60% de discapacidad reconocida, su vida se divide en dos etapas: la anterior a la infección y la posterior. Su trayectoria sanitaria ha sido compleja y carente de continuidad.
El testimonio de Pérez cobra relevancia en un momento en que la política está prestando atención, aunque sea limitada, a los pacientes con covid persistente. La portavoz de Sanidade del PSdeG en el Parlamento de Galicia, Elena Espinosa, acusó recientemente a la Xunta de «dejar tirados» a los afectados tras el cierre de la unidad de enfermería especializada en Ourense, la única que quedaba en funcionamiento. Aunque Pérez no fue atendido en una unidad postcovid, su experiencia refleja esa misma sensación de abandono, según sus propias palabras.
Tras su rehabilitación en Pontevedra, a Nicolás le sugirieron contactar con asociaciones de pacientes, pero nunca lo hizo. Se le diagnosticó un cuadro «crónico» y, posteriormente, la Xunta certificó su discapacidad en 2025. «Tuve que luchar para que reconocieran mi incapacidad permanente total, la cual me retiraron alegando una «mejoría» que no existía y que no estaba respaldada por informes médicos, lo que me obligó a recurrir a los tribunales», explica.
El cuerpo de Pérez quedó «tocado» desde su estancia en Mozambique, donde permaneció inmovilizado durante un largo período. «Desde que me mantuvieron atado a la cama… me quedaron úlceras», relata. Una de ellas tardó seis meses en cicatrizar, mientras que otra permanece abierta en su pie izquierdo desde hace seis años. A pesar de haber recibido atención podológica y traumatológica, él mismo se hace cargo de las curaciones.
Además, el Sergas le diagnosticó una «polineuropatía en miembros inferiores», aunque la incertidumbre sobre su estado de salud persiste. A esta dolencia se suman secuelas neuromusculares, concretamente una miopatía en las piernas que le provoca «falta de sensibilidad y dolor permanente». Como consecuencia, sufre inestabilidad y le es imposible regresar a su antiguo trabajo en el mar. «Trabajaba en los barcos… pero ya no tengo el equilibrio necesario para volver», afirma.
Las noches son especialmente difíciles para Pérez, ya que se despierta con calambres y tirones musculares. Además, sufre de flashbacks y sueños recurrentes relacionados con su experiencia con el covid-19. Su seguimiento médico se limita a sesiones de psicología y psiquiatría cada cinco o seis meses.
El impacto económico ha sido devastador. Pérez explica que su pensión representa solo un tercio de sus ingresos anteriores. Además, se siente incomprendido y enfrenta la sospecha de que su situación no es real. «Piensan que es un cuento, porque son cosas difíciles de cuantificar… creen que me he inventado una enfermedad», lamenta. Sin embargo, insiste en que su incapacidad para trabajar es real: «Si no trabajo es porque no puedo, no porque no quiera». Agradece el apoyo de sus antiguos compañeros en Mozambique, quienes esperan volver a verlo en el puerto.
La Xunta reorganiza la atención post-covid: «garantiza» el seguimiento en Primaria y hospital
«Nos informaron por un mensaje de texto que dejaban de seguirnos. Como regalo de Papá Noel». «Era la tranquilidad de tener un número de teléfono. Nos cuidaba». Así relata Isabel Quintana, portavoz de la Asociación Gallega de Covid Persistente (ASGACOP), el cierre el 24 de diciembre en Ourense de la consulta de enfermería que, sin curar, orientaba y acompañaba. «No queremos milagros; queremos que se nos cuide», repiten.
La Consellería de Sanidade responde que el Servizo Galego de Saúde (Sergas) garantiza la atención sanitaria a todas las personas con síndrome post-covid. El argumento oficial se apoya en los datos: la actividad en las unidades post-covid cayó de 12.104 atenciones en 2022 a 1.302 consultas en 2024.
Con ese descenso, las siete áreas sanitarias reorganizaron la asistencia. Sin cerrar la puerta.Según el Sergas, los pacientes que continúan con síntomas son atendidos en los dispositivos de Atención Primaria y, cuando presentan afectación específica de un órgano o requieren un tratamiento en un entorno más especializado, pasan a los servicios de Atención Hospitalaria.
La Xunta defiende que esta integración mantiene el seguimiento y evita duplicidades.Pero la asociación lo vive como un retroceso. En junio de 2025, ASGACOP se reunió con responsables de los tres grupos parlamentarios para pedir continuidad. Quintana sitúa el punto de inflexión en julio de 2024: «Nos emplazaron a septiembre para empezar grupos de trabajo… y allí dijeron que estábamos sobre atendidos». Tras aquella cita, afirma, llegó silencio prolongado: «Desde octubre de 2024 se enviaron correos… y no contestaron ni uno. Ni sí ni no».
Desde el SMS, denuncian cancelaciones, altas administrativas y pruebas «sin interpretación». «A algunos nos ve un internista… Pero no hay atención integral». Muchos, añaden, se quedan con un circuito: «médico de cabecera y, si va mal, urgencias». A veces el diagnóstico funciona como portazo: «En cuanto ven covid persistente: ‘no podemos hacer nada por ti’». ASGACOP prepara protestas: «no nos podemos quedar callados».
