El mundo del arte, y particularmente la ópera, ha sido diagnosticado con innumerables males: presupuestos ajustados, un público envejecido, la competencia de otras formas de cultura, e incluso una supuesta “ingratitud” de las nuevas generaciones. Sin embargo, la historia podría estar a punto de darnos una de sus irónicas sorpresas.
La obsolescencia amenaza ahora con golpear aquello que antes marcaba tendencias, y el rostro de esta ironía es la inteligencia artificial. Las plataformas digitales, que históricamente han priorizado las novedades y han relegado a un segundo plano las obras clásicas, se encuentran inundadas de música creada por máquinas, a menudo a partir de indicaciones muy básicas. Esta tendencia se extiende al cine, donde se anticipa una reducción en la necesidad de profesionales como decoradores, especialistas en efectos especiales e incluso guionistas, y a las artes gráficas, donde la IA genera imágenes a una velocidad vertiginosa.
Pero, ¿qué ocurre con la ópera? Este arte, a menudo considerado en declive, posee ahora una ventaja inesperada: su esencia humana. El sonido producido por una voz humana en un teatro, con sus paredes de ladrillo y madera, es algo inherentemente no digital. Si bien es posible replicar voces mediante IA, la verdadera prueba reside en el escenario, donde la resonancia del cuerpo del cantante, del director y de los instrumentistas es irremplazable.
La ópera, que algunos tildaban de “museística”, podría redescubrir su valor como una expresión artística totalmente humana, creada para y entre personas. Aunque algunos intentarán modernizarla con capas de IA, es probable que estos intentos sean efímeros. En un futuro donde la música generada por IA resuene en todos los dispositivos, la sala de ópera se erigirá como un refugio de aquello que nos hace únicos e insustituibles.
