En su discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede el pasado enero, León XIV advirtió sobre el “debilitamiento de la palabra”, paradójicamente reivindicado en nombre de la libertad de expresión. El decano de la Facultad de Filosofía de la Pontificia Universidad Gregoriana, padre Gaetano Piccolo, analiza esta advertencia con los medios vaticanos a la luz de la novela del escritor británico “1984” y las reflexiones de San Agustín sobre la “inopia loquendi“.
Edoardo Giribaldi – Ciudad del Vaticano
“Cabe destacar que esta paradoja del debilitamiento de la palabra a menudo se justifica en nombre de la misma libertad de expresión. Sin embargo, a decir verdad, es al contrario: la libertad de palabra y de expresión se garantiza precisamente por la certeza del lenguaje y por el hecho de que cada término está anclado a la verdad. Es lamentable constatar cómo, especialmente en Occidente, se están reduciendo cada vez más los espacios para la auténtica libertad de expresión, mientras se desarrolla un nuevo lenguaje, de sabor orwelliano, que, en su intento de ser cada vez más inclusivo, termina excluyendo a quienes no se adaptan a las ideologías que lo animan”
Releyendo este pasaje del discurso del Papa León XIV al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede el pasado 9 de enero, es inevitable pensar en la célebre novela de George Orwell, 1984, que mostraba cómo “el control del lenguaje incide profundamente en el control del pensamiento”. Al mismo tiempo, se puede encontrar una referencia a San Agustín, figura apreciada por el Pontífice, quien hablaba de la inopia loquendi —la pobreza de la palabra— relacionándola con el misterio de la Encarnación, en el que “Dios entra en la humanidad, aceptando sus límites”. Estas son solo algunas de las claves de lectura propuestas por el decano de la Facultad de Filosofía de la Pontificia Universidad Gregoriana, padre Gaetano Piccolo, en una entrevista con los medios vaticanos, que se extienden aún más a Montale, Heidegger y John Langshaw Austin. El “sabor orwelliano” identificado por el Pontífice “no es un cumplido para quienes utilizan el lenguaje de esta manera”, explica el jesuita.
“Si no tienes las palabras, no puedes pensar”
El contexto de referencia de 1984 se sitúa a finales de la década de 1940, cuando el escritor vislumbraba un futuro distópico caracterizado por tres grandes bloques en conflicto constante. El partido que gobernaba gran parte de Europa, el Socing, intentaba construir una “neolengua”, artificial, dentro de la cual el número de términos disponibles era muy reducido. Padre Piccolo sintetiza cuál era el objetivo final: “Si no tienes las palabras, no puedes pensar”. En la neolengua, además, la forma correcta de hablar se definía como “ocoparlare”, es decir, “hablar como un ganso”, repetir la ideología del partido. “Pero quizás, la referencia del Papa sea sobre todo al hecho de que muchas palabras en la sociedad de la neolengua eran paradójicas e indicaban exactamente lo contrario”, explica el decano. El “ministerio de la verdad” alteraba la narración de los hechos, mientras que el Gran Hermano espiaba y controlaba a todos.
Heidegger, y el lenguaje más allá del “comercio del hablar”
En referencia a lo que el Papa ha definido como “debilitamiento de la palabra”, el padre jesuita identifica una raíz ya en el pensamiento de Heidegger, quien en la Introducción a la metafísica de 1935 escribió: “Las palabras y el lenguaje no son como envoltorios que sirven únicamente para contener cosas para el comercio del hablar y del escribir”. Y más adelante: “El lenguaje se ha convertido en un medio de entendimiento indispensable, pero sin guía, y por lo tanto utilizable al azar, indiferente como un medio público de transporte”. La palabra pierde su valor cuando carece de una “estrecha relación” con su significado: cada término tiene una historia y una potencia, pero también una fragilidad intrínseca.
Austin, y las palabras como “herramientas”
En relación con lo que el Papa ha definido como “debilitamiento de la palabra”, el padre jesuita identifica una raíz ya en el pensamiento de Austin, quien afirmaba: “Las palabras son nuestras herramientas y, como mínimo, deberíamos usar herramientas limpias”. En la actualidad, además, los términos están inflados: “Dado que nadie presta atención, parece que se puede decir cualquier cosa”, afirma padre Piccolo. La libertad de expresión no debe confundirse con “la libertad de decir cualquier cosa”. El abuso de las palabras es a menudo expresión de la “debilidad del pensamiento”. Paradójicamente, una palabra debilitada de su fuerza puede convertirse en palanca de influencia para quienes reivindican el “derecho privilegiado” de manipular la realidad, etiquetando y mistificando los significados.
Orwell, y las predicciones sobre el presente en “La granja de los animales”
La reflexión sobre Orwell podría extenderse a su otra célebre novela, La granja de los animales, en la que los cerdos aprenden en secreto a leer y a escribir, llegando a construirse leyes en su propio favor, haciendo eco de la célebre frase: “todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otros”. Así, los cerdos, inicialmente revolucionarios contra el humano opresor, se alían con él. “También en esto, podemos decir que Orwell vio lejos”, reconoce el decano de la Facultad de Filosofía de la Gregoriana.
Montale y San Agustín examinan la palabra debilitada
El llamamiento de León XIV sobre el debilitamiento de la palabra es actual, pero también se adhiere a la filosofía y a la literatura del lenguaje del siglo XX. Montale, con la frase “no nos pidas la palabra que escudriñe por todos lados”, expresaba desilusión con respecto a la certeza del lenguaje. Aún más anterior, San Agustín, en los De magistro y De doctrina Christiana, subrayaba que las palabras no son “copias perfectas del pensamiento”, sino “intentos de expresarlo”. La inopia loquendi, explica padre Piccolo, nos recuerda los límites del lenguaje, y por lo tanto la responsabilidad de manejar con cuidado las palabras. En la época de las redes sociales, la rapidez y la difusión de las palabras corren el riesgo de disminuir esta prudencia: “si para escribir tienes a tu disposición un trozo de piel de animal muy costoso, prestarás mucha atención a lo que escribes, si en cambio puedes escribir y borrar gratuitamente cualquier cosa, no te preocuparás mucho por lo que dices”. Educar a los jóvenes “sobre el valor y las consecuencias de las palabras”, mostrando el impacto emocional de nuestras expresiones, se vuelve fundamental. Del mismo modo, los profesionales de la comunicación deben anclar sus contenidos a la verdad y a la honestidad, y no solo “a la visibilidad o al éxito”.
