En una entrevista concedida a los medios vaticanos, monseñor David reconoció las fragilidades espirituales del pequeño país, donde el cliché de la riqueza a menudo oculta profundas “soledades” y una “crisis del sentido de la vida”. El viaje apostólico del Papa León XIV será una ocasión para dirigirse “a todo el mundo”, representado en el Principado por una realidad multicultural con más de 150 nacionalidades.
Edoardo Giribaldi – Ciudad del Vaticano
Rasguñando la pátina del glamour, uno se redescubre universalmente frágil. No meciéndose en el balanceo despreocupado de un yate ni embriagado por la música de una recepción exclusiva – algunos de los clichés canónicos atribuidos a quienes frecuentan el Principado de Mónaco – sino impulsado por interrogantes resonantes, “que golpean aún más porque la vida parece, al menos en apariencia, más fácil”. Dentro de esto, sin embargo, no es raro que se acumulen soledades e inquietudes: sombras interiores que la venida de un Pontífice puede contribuir a iluminar, para acercarse también a quienes viven en la pobreza material. Esta es una de las claves de lectura indicadas por el arzobispo de Mónaco, monseñor Dominique-Marie David, al presentar a los medios vaticanos el viaje apostólico que el Pontífice realizará el próximo 28 de marzo al Principado, el segundo estado más pequeño del mundo, después de la Ciudad del Vaticano.
Excelencia, un aspecto de Mónaco que a menudo se subraya poco es su fuerte dimensión multicultural. ¿Qué puede decir la realidad del Principado a la Iglesia universal con motivo de la visita del Papa León XIV?
Una de las características que más me sorprendió cuando llegué como arzobispo hace seis años es que, dentro de un Estado tan pequeño – apenas dos kilómetros cuadrados – conviven realidades extremadamente diversas. En Mónaco están representadas casi 150 nacionalidades: en cierto sentido, el gran mundo está presente en este pequeño espacio. A menudo se tiene una imagen un poco caricaturesca del Principado, visto sólo como una ciudad del lujo. En realidad, su riqueza deriva de la gran variedad de orígenes y también de una cierta mezcla social. Muchas personas, de hecho, trabajan en Mónaco sin necesariamente vivir allí. Todo esto contribuye a la riqueza de nuestro país y de la Iglesia. Por eso, creo que, incluso para el Papa, visitar un país tan pequeño puede tener un significado importante: al fin y al cabo, él se dirige al mundo entero. Su misión es llevar el Evangelio, fortalecer la fe y difundir un mensaje de paz y de dignidad de la persona humana. Es probable, por lo tanto, que el eco de una visita similar vaya más allá de las fronteras de nuestro pequeño Estado.
Mónaco es a menudo percibida como un símbolo de riqueza. ¿Qué formas de pobreza permanecen invisibles? ¿Existen carencias que son económicas, pero relacionales, espirituales o culturales?
Las pobrezas son numerosas y a menudo muy profundas. Yo mismo he sido consciente de ello en los últimos años, también gracias a quienes me han ayudado a conocer la realidad de Mónaco más allá de los estereotipos y las imágenes difundidas por los medios de comunicación. Existen, ante todo, pobrezas materiales, a veces muy ocultas y difíciles de ver. Alrededor del Principado viven muchas personas que trabajan allí y contribuyen a la vida del país, pero que a veces se encuentran en condiciones difíciles, especialmente en lo que respecta a la vivienda o el coste de la vida. Muchas asociaciones, también dentro de la diócesis, prestan atención a estas situaciones. Junto a estas dificultades materiales, sin embargo, existen otras formas de pobreza: la soledad y la crisis de sentido de la vida. Cuando se dispone de cierto bienestar y no se tienen grandes preocupaciones materiales, emergen otras preguntas: ¿qué significado dar a la propia existencia? No es raro encontrar personas que sufren de soledad. También vemos padres desorientados ante la educación de sus hijos, separaciones y dramas familiares que golpean aún más porque la vida parece, al menos en apariencia, más fácil. Por eso, nuestro deber es permanecer atentos a estas pobrezas ocultas, cuidarnos unos a otros y saber reconocer situaciones de fragilidad que, aunque no siempre visibles, son reales y a veces muy dolorosas.
En un contexto en el que el bienestar parece ser la norma, ¿cambia la forma en que la Iglesia reconoce y aborda la pobreza?
La solidaridad, afortunadamente, está muy presente. En Mónaco operan realidades muy activas como Cáritas Mónaco, la Sociedad de San Vicente de Paúl, la Legión de María y numerosas asociaciones eclesiales o civiles que se ocupan de niños en dificultades, familias frágiles, ancianos y enfermos. Esta atención se refleja también en la acción de la Iglesia. La idea es cuidarnos unos a otros y no limitarnos a vivir en un país que ofrece una buena calidad de vida y cierta seguridad. Nuestra misión, aquí en Mónaco, es ser aún más atentos a las personas y no perder la oportunidad de testimoniar el Evangelio a quienes se encuentran en la necesidad.
¿Ha notado alguna vez episodios en los que quienes poseen mucho reciben espiritualmente de quienes poseen poco?
Cuando la Iglesia habla – en las parroquias, en los movimientos o a través del obispo – no elige su público. En algunos momentos importantes de la vida del país también tenemos la posibilidad de dirigirnos a todos. Es difícil medir los frutos de una palabra, de una predicación o de un testimonio. Habría que preguntárselo a quien escucha. Sin embargo, no es raro recibir comentarios que muestran cómo ciertos mensajes, con el tiempo, logran llegar al corazón de las personas. Este es nuestro objetivo: no quedarnos en la superficie, sino tocar a la persona en lo profundo. Más allá de los diferentes roles y responsabilidades que cada uno pueda tener en Mónaco, lo esencial es que la persona sea interpelada interiormente y que el corazón se abra a una palabra capaz de despertar, convertir y orientar la vida hacia los demás. No siempre podemos ver los resultados de inmediato, pero sabemos que muchos escuchan y que, poco a poco, puede abrirse un camino. Lo constatamos también por el creciente número de personas que piden el Bautismo o desean restablecer la relación con la Iglesia.
¿Le ocurre a veces decir a las personas cosas que no esperan escuchar de un obispo?
Aquí, como es sabido, la religión católica es religión de Estado. Muchos esperan, por lo tanto, que el obispo y la Iglesia hablen sobre todo de la experiencia espiritual y de la acogida de la fe. Sin embargo, especialmente en ocasión de la fiesta nacional u otros eventos importantes, también trato de recordar que la fe católica no es sólo una identidad cultural o un patrimonio histórico. Es también una responsabilidad que incide en nuestra forma de vivir, en nuestras elecciones y en nuestro discernimiento. Para algunos puede ser una perspectiva nueva: no basta con decirse católicos, ni estar orgullosos de serlo. También es necesario comprender las consecuencias en la forma en que miramos al mundo, a los demás – especialmente a los más pobres – y en la coherencia de nuestra vida. Si alguien se sorprende, probablemente es por eso: la fe conlleva consecuencias y exige una verdadera coherencia de vida, como nos propone el Evangelio.
Si tuviera que resumir la misión de la Iglesia en Mónaco con una sola imagen evangélica, ¿cuál elegiría?
Pienso en dos imágenes evangélicas. La primera es la de la oveja perdida: movilizar todas nuestras energías – sacerdotes, laicos, parroquias y movimientos – para que la Buena Nueva alcance también a quienes parecen más lejanos o improbables. La segunda es el episodio de Zaqueo. Jesús elige entrar en la casa de una persona que no gozaba de gran reputación, aunque rica y socialmente importante. Lo hace simplemente para hacerle descubrir la belleza y la alegría del Evangelio. A través de la cercanía y la amistad, le revela que el Reino de Dios ya está presente y está entrando en su vida y en su corazón. Creo, por lo tanto, que la venida del Papa será una gran gracia.


