La calidad del aire que respiramos está amenazada por la presencia de partículas contaminantes, clasificadas principalmente en dos tipos según su tamaño: las PM 2,5, también conocidas como partículas finas (inferiores a 2,5 micrómetros), y las PM 1, partículas ultrafinas con un diámetro menor a 1 micrómetro.
Estas partículas, tanto sólidas como líquidas, pueden viajar largas distancias impulsadas por las corrientes atmosféricas, para finalmente depositarse en el suelo a través de la lluvia o en forma de polvo. Si bien algunas tienen un origen natural, como erupciones volcánicas o la erosión eólica, la mayoría provienen de actividades humanas, incluyendo procesos industriales, emisiones de vehículos, el desgaste de carreteras, neumáticos y componentes metálicos.
Un factor de riesgo para la salud
La contaminación del aire, y en particular la presencia de partículas finas, contribuye significativamente a un elevado número de fallecimientos a nivel mundial. Se estima que en Europa, esta contaminación podría ser responsable de hasta 50.000 muertes anuales que podrían haberse evitado.
Debido a su pequeño tamaño, las PM2,5 tienen la capacidad de penetrar profundamente en el sistema respiratorio, llegando hasta los alvéolos pulmonares, donde pueden provocar enfermedades respiratorias como el asma. Una vez en los alvéolos, estas partículas pueden incluso pasar al torrente sanguíneo, aumentando el riesgo de problemas cardiovasculares graves, como infartos, cardiopatías coronarias, arritmias y accidentes cerebrovasculares. Además, la contaminación atmosférica se ha asociado con un mayor riesgo de desarrollar cáncer de pulmón y vejiga, habiendo sido clasificada como cancerígena por el Centro Internacional de Investigación sobre el Cáncer (CIIC) de la OMS.
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