Durante el siglo XVII, cuando la peste asolaba Londres, los ciudadanos no disponían de vacunas ni de medicamentos modernos. Sin embargo, contaban con cifras de mortalidad que, según una reciente investigación, utilizaban activamente para evaluar y minimizar su riesgo de contagio en la vida diaria.
Las autoridades inglesas publicaban semanalmente los “Bills of Mortality”, listas oficiales de defunciones por parroquia. Un nuevo estudio de la Universidad de Portsmouth revela que estas cifras eran más que simples datos. eran leídas, discutidas y utilizadas para tomar decisiones. Permitían seguir la evolución de la infección semana a semana y comparar diferentes áreas de la ciudad.
Aunque los registros eran a menudo inexactos y tardíos, ofrecían una visión general en medio del caos. Cuando el número de víctimas de la peste aumentaba en una zona determinada, las familias adineradas solían optar por abandonar temporalmente la ciudad, según se desprende de las anotaciones de los diarios de la época. Los comerciantes también ajustaban sus movimientos y algunos evitaban ciertos barrios cuando la curva de contagios ascendía.
Esta investigación desafía la idea de que los ciudadanos comunes del siglo XVII aceptaban pasivamente su destino. Por el contrario, utilizaban toda la información disponible para sobrevivir. Las cifras de mortalidad se convirtieron en un indicador temprano de la salud pública, o en una forma de medir la presión de la infección, mucho antes de que estos conceptos existieran.
En una ciudad llena de rumores y miedo, el recuento de muertos impreso era uno de los pocos puntos de referencia fiables. Se estima que al menos 150.000 personas –aproximadamente una cuarta parte de la población– perdieron la vida durante los repetidos brotes de peste en Londres en el siglo XVII.
