Imaginen una sustancia viscosa, de olor desagradable, que se filtra de la tierra y mancha todo lo que toca. Sin embargo, sin ella, no existirían automóviles, plásticos, ropa sintética, ni siquiera la aspirina. En resumen, una gran parte del mundo actual se detendría. A pesar de esto, antes de convertirse en el “oro negro”, el petróleo fue durante mucho tiempo considerado una maldición. Si se encontraba en su jardín a principios del siglo XIX, su terreno no tenía valor.
El petróleo es conocido desde la antigüedad. En Babilonia se utilizaba para cimentar ladrillos, en Egipto para la momificación y en Pensilvania, en el siglo XIX, para elaborar medicamentos, al que se conocía como “aceite de roca”, una especie de remedio casero contra el reumatismo.
El punto de inflexión para el petróleo llegó en 1859 en Titusville, Pensilvania. En esa época, el mundo entero utilizaba aceite de ballena para iluminar sus noches. Imaginen el costo que esto supuso para la población de ballenas. Era necesario encontrar un sustituto para las lámparas. Fue entonces cuando entró en escena Edwin Drake, un antiguo conductor de tren. Inversores lo enviaron a Pensilvania para excavar en busca de ese famoso “aceite de roca” en las profundidades. Su proyecto fue apodado “La locura de Drake”. Durante meses excavó, sufriendo derrumbes y quedándose sin fondos. Pero el 27 de agosto de 1859, a tan solo 21 metros de profundidad, comenzó a burbujear y el líquido negro surgió a la superficie. Así comenzó la carrera por el oro negro. ¿Y de dónde salió todo esto? De un hombre que descubrió una de las mayores riquezas del planeta y que terminó muriendo pobre y olvidado.
