Más allá del simple “olvido” o “descuido”, el hábito de dejar las luces encendidas está asociado a estilos mentales específicos y a la forma en que procesamos la atención, la responsabilidad y el autocontrol. La ciencia del comportamiento humano ha demostrado que acciones repetitivas, aparentemente simples, pueden revelar mucho sobre el funcionamiento de nuestra mente. Dejar las luces encendidas no es solo una cuestión ambiental, sino que puede estar relacionada con rasgos de personalidad, hábitos cognitivos y patrones de regulación emocional.
¿Qué nos dice la psicología sobre este hábito cotidiano?
La psicología conductual y cognitiva sostiene que los comportamientos repetidos y automáticos responden a circuitos mentales que ya no requieren supervisión consciente: son, en esencia, hábitos. Estos hábitos se forman a través de la repetición constante de una conducta, hasta que esta deja de depender de una decisión activa y se convierte en algo casi automático.
Charles Duhigg, autor de El Poder de los Hábitos, explica que un hábito se compone de tres elementos fundamentales: señal, rutina y recompensa. Cuando una persona sale de una habitación – la “señal” – pero no apaga la luz – la “rutina” – es probable que esta acción ya no esté vinculada a una evaluación consciente de los costos y beneficios, sino a un patrón mental arraigado que no se cuestiona.
La psicóloga del comportamiento Wendy Wood añade que aproximadamente el 40% de nuestras acciones diarias están guiadas por hábitos, no por decisiones conscientes. Esto abarca desde tareas básicas como cepillarnos los dientes hasta la interacción con nuestro entorno, como dejar una luz encendida sin pensarlo detenidamente.
luz prendida
Características asociadas a este hábito:
- Tendencia a la automatización cognitiva: Estas personas tienden a depender de respuestas habituales sin una supervisión consciente, permitiendo que su cerebro “ahorre energía” delegando pequeñas decisiones a hábitos automáticos.
- Menor atención a detalles secundarios: Su enfoque se centra en lo que consideran prioritario, dejando de lado detalles como apagar la luz.
- Estilos de pensamiento orientados al presente: Tienden a priorizar tareas inmediatas sobre las consecuencias futuras, como el consumo energético, lo que se relaciona con el sesgo hacia el presente.
- Mayor propensión a la impulsividad o a la multitarea: En algunos casos, su cerebro procesa múltiples estímulos simultáneamente, lo que puede disminuir la probabilidad de recordar acciones pendientes.
Otros factores psicológicos que pueden influir
Si bien los hábitos son un factor central, la conducta de no apagar las luces también puede estar vinculada a otros procesos mentales:
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Distracción y sobrecarga de información
En un mundo lleno de estímulos constantes – notificaciones, múltiples tareas y diversas exigencias – la atención humana se convierte en un recurso limitado. La psicología cognitiva sostiene que, cuando la atención se dispersa, las acciones no esenciales, como apagar una luz, pueden pasar desapercibidas. Un artículo de Scientific American explica que el cerebro prioriza lo “urgente” sobre lo “importante”, lo que puede explicar por qué realizamos acciones sencillas sin pensar.
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Aversión a pérdidas pequeñas
Existe un sesgo cognitivo conocido como aversión a la pérdida, donde el cerebro tiende a evitar esfuerzos que percibe como menores si no están directamente relacionados con una ganancia visible. Apagar una luz puede parecer un esfuerzo que el cerebro no prioriza porque la recompensa (el ahorro energético a largo plazo) no se siente como inmediata.
dejar la luz prendida..
Impacto en la vida cotidiana
Aunque dejar las luces encendidas pueda parecer un detalle menor, este comportamiento tiene consecuencias concretas:
- Mayor consumo energético
- Mayor gasto económico y posibles consecuencias ambientales.
- Refuerza la automatización de hábitos no conscientes, dificultando futuros cambios.
- Refleja estilos de atención y prioridades mentales.
Cómo intervenir según la psicología del hábito
- Definir una señal consciente: Asociar una acción (como activar una alarma o colocar una nota cerca de la puerta) que recuerde la necesidad de apagar la luz.
- Cambiar la rutina: Transformar la acción automática en una respuesta deliberada que siga a la señal.
- Reforzar la recompensa: Reconocer el beneficio, aunque sea simbólico (ahorro, sensación de orden, menor desperdicio).

