Prevenir no es sinónimo de gastar: los peligros de la prevención excesiva

by Editora de Salud

La creencia de que someterse a múltiples controles médicos previene cualquier enfermedad está cada vez más extendida, impulsada por figuras públicas e influencers que promueven genéricamente la “prevención”. Sin embargo, esta idea dista mucho de la realidad, tal como lo explica la médica y periodista Roberta Villa en su libro “Cattiva prevenzione. I pericoli del consumismo sanitario” (Chiare Lettere). La “mala prevención” se refiere a prácticas dudosas, ineficaces o incluso peligrosas que se ofrecen a los ciudadanos aprovechándose de su miedo a enfermar.

Según la autora, se tiende a pensar que cuanto mayor es la inversión económica, mejor será el resultado, aunque esto solo es cierto hasta cierto punto. Una vez cubiertas las necesidades básicas, la correlación entre inversión y calidad no se mantiene lineal. El principal problema, señala Villa, reside en la necesidad de una capacidad inédita para evaluar probabilidades y riesgos. No existen garantías absolutas –ni se puede perseguir el riesgo cero–, y existen costos humanos, estructurales y económicos a considerar, dado que los recursos son limitados. La prevención varía según la edad, el país y el sistema sanitario, por lo que es fundamental establecer prioridades, actuando sobre los factores modificables y aceptando aquellos que no lo son –como la genética, la edad o el sexo–, frente a los cuales la prevención tiene poco efecto. De hecho, la prevención puede ser perjudicial, como en el caso de las tomografías computarizadas (TAC) innecesarias, que exponen a una importante dosis de radiación, a diferencia de las resonancias magnéticas. La preocupación constante por controlar el organismo también puede afectar el bienestar.

La prevención es útil si existe la cura

El libro analiza las críticas tanto de las llamadas “sobrediagnósticos”, que se producen cuando se diagnostica una condición que no causará molestias ni la muerte, como de los “sobreretrattamenti”, que se dan cuando se tratan agresivamente formas tumorales “indolentes”, como los carcinomas ductales in situ de mama, pequeños nódulos pulmonares o de próstata, sometiendo a las personas a tratamientos intensivos con efectos secundarios. El principio fundamental en el que deben basarse la prevención y los cribados masivos es que los exámenes deben permitir intervenir para mejorar la calidad o la duración de la vida. Desde este punto de vista, ¿es realmente útil, por ejemplo, el diagnóstico precoz del Alzheimer si no existen terapias para curarlo? Además, cualquier prestación que no mejore la duración o la calidad de vida de quien se la somete resta recursos a quienes realmente los necesitan, incluso si se pagan de forma privada.

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Entonces, ¿cuáles son los controles realmente necesarios? Paradójicamente, explica Roberta Villa, se pueden contar con los dedos de una mano y son los previstos por los programas de detección del cáncer: el de mama y de cuello uterino para las mujeres, y el de colon-recto para ambos sexos. Si los dos primeros tienen altas tasas de adhesión, el cribado para el cáncer de colon-recto sigue siendo la Cenicienta del país (una de cada tres personas, peor en el sur). Es en este frente donde es necesario actuar, mientras que no es necesario adelantar la mamografía o someter a todas las mujeres jóvenes a ecografías, salvo aquellas con antecedentes familiares.

Escaneos corporales totales, inútiles y dañinos

La autora analiza las múltiples solicitudes de nueva prevención, explicando que, por ejemplo, someter a toda la población a un cribado para el temible cáncer de páncreas no sería útil –salvo en caso de riesgo–, ya que este tumor evoluciona tan rápidamente que se necesitarían controles anuales. El cribado pulmonar con TC espiral solo beneficia a los grandes fumadores. Se expresan dudas sobre los posibles cribados masivos en niños para la diabetes y la celiaquía, mientras que se valora positivamente la vacunación, como la de la hepatitis B o el papilomavirus (HPV), que forman parte de la prevención “buena”. Es más discutible, en algunos aspectos, la introducción del ECG para todos los niños que practican deporte (no reconoce suficientemente el riesgo de muerte súbita, al tiempo que aleja a muchos del deporte), mientras que para los adultos la autora analiza los aspectos críticos de una extensión masiva de la ecografía de los troncos supraaórticos o de la ecografía transvaginal para las mujeres, salvo en caso de riesgo. Lo mismo ocurre con la dosificación del PSA, el antígeno prostático específico, que ahora se quiere extender a todos los hombres, lo que aumentaría el número de sobrediagnósticos.

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También se dedica una parte a los test genéticos “hazlo tú mismo”, que son criticados en algunos aspectos, así como al uso obsesivo de relojes inteligentes o sensores para la medición continua de la glucemia. Finalmente, se expresan fuertes dudas sobre los chequeos anuales –como las escaneos corporales totales–, muy promocionados por las celebridades, inútiles e incluso perjudiciales para las personas sanas (que pueden verse inducidas a ignorar síntomas posteriores), mientras que son mucho más cruciales para encontrar metástasis ocultas en pacientes oncológicos.

En general, concluye la autora, sería deseable actuar sobre los elementos que previenen o retrasan todas las enfermedades: obesidad, inactividad física, tabaquismo, alcohol, escasa educación y socialización, pero también un entorno enfermo. Sin olvidar que el consumismo sanitario es a su vez causa de la contaminación, en términos de emisiones (el 5% del total mundial), residuos especiales, contaminación del aire y el agua, consumo de energía y producción de plástico. Es mucho mejor intervenir en estos aspectos que multiplicar exámenes costosos, ansiógenos y, sobre todo, innecesarios.

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