En la costa occidental de Noruega, bajo sus fiordos y montañas, se construye una ambiciosa obra de ingeniería: un túnel de carretera de casi 27 kilómetros de longitud que alcanzará una profundidad de 392 metros bajo el nivel del mar. Este proyecto, que se perfila como el túnel submarino más largo y profundo del mundo, transformará la movilidad en la región, eliminando la dependencia de los transbordadores y reduciendo significativamente los tiempos de viaje entre ciudades clave.
El proyecto, denominado Rogfast –acrónimo de Rogaland fastforbindelse (“conexión fija de Rogaland”)– no es solo un desafío logístico, sino también técnico. La construcción a gran profundidad implica superar obstáculos como la extrema presión del agua, el riesgo de filtraciones, la necesidad de una impermeabilización robusta, la ventilación en espacios extensos y, fundamentalmente, garantizar la seguridad de miles de vehículos y personas.
Excavar a 390 metros bajo el fondo marino presenta complejidades únicas. La montaña se encuentra sometida a una presión equivalente a 40 atmósferas, donde incluso una pequeña grieta podría provocar la inundación de kilómetros de túnel. El principal desafío no reside en el océano, sino en la propia roca.
A diferencia de la construcción tradicional de carreteras, que implica mover tierra y hormigón, Rogfast requiere un enfoque innovador. Los ingenieros han optado por una técnica clásica llevada al extremo: el método “perforar y volar” (Drill & Blast). Primero, se perforan numerosos agujeros en la roca con jumbos hidráulicos. Luego, se introducen cargas de explosivo cuidadosamente calculadas para fracturar la roca sin comprometer la estabilidad del macizo. El material resultante se retira y el proceso se repite, avanzando gradualmente hacia el interior del fiordo.
Este proceso, que podría parecer artesanal, se apoya en tecnologías de vanguardia como láseres 3D, software de precisión y sensores geológicos que ajustan cada detonación con una exactitud quirúrgica. La excavación se realiza desde tierra firme, con dos frentes que avanzan en direcciones opuestas hacia el centro del fiordo, lo que exige confiar en mapas geológicos digitales, ecosondas, georradares, simulaciones de fractura y mediciones continuas de tensión en la roca.
Cuando ambos frentes de excavación coincidan, el túnel estará completo, sin que los ingenieros hayan tenido que perforar hacia arriba, enfrentándose directamente a la enorme masa de agua. Para evitar inundaciones, se sella la montaña antes de excavar, perforando pequeñas galerías e inyectando lechadas de cemento y resinas especiales que impermeabilizan las microgrietas, creando una “cúpula” artificial.
Cada tramo excavado se estabiliza con barras de acero que “cosen” la roca fracturada, hormigón proyectado, arcos de acero para las zonas más complejas y un revestimiento final de hormigón que garantizará la durabilidad de la estructura. El túnel se construye así como un organismo vivo que se refuerza a medida que avanza.
La excavación a esta profundidad también presenta desafíos relacionados con el ambiente subterráneo, que se asemeja a un invernadero: el aire se calienta, el polvo se acumula, los gases de explosión se concentran y la humedad salina es persistente. Por ello, el túnel estará equipado con sistemas de ventilación industrial, sensores de gases, pozos de extracción y control automático de temperatura para mantener un microclima estable y seguro para los trabajadores.
Una vez finalizado, Rogfast habrá resistido explosiones calculadas con precisión milimétrica, contará con paredes reforzadas como un escudo, roca impermeabilizada desde el interior y una precisión topográfica comparable a la unión de dos agujas de coser dentro de una montaña.
El túnel supera al anterior récord, el Ryfylke Tunnel, también en Noruega, que tiene una longitud de 14,4 km y una profundidad máxima de 292 metros bajo el nivel del mar.
