Cuando impartía una conferencia sobre segregación en un instituto de Göteborg, Linnea Lindquist escuchó algo que la dejó sin aliento: estudiantes de entornos vulnerables le confesaron que se sentían como analfabetos culturales al enfrentarse con compañeros de otros barrios. Aunque eran suecos de nacimiento, reconocían que les faltaban referentes fundamentales de su propia literatura y lengua. «No habían tenido la oportunidad de conocer nuestro patrimonio cultural», explicó Lindquist en un artículo para Fokus, donde advierte sobre el riesgo de dejar que generaciones enteras crezcan sin acceso a los clásicos que definen la identidad sueca.
El silencio de una educación desigual
La situación no es excepcional. Según relata Lindquist, estos jóvenes, nacidos y criados en Suecia, llegaban al instituto con lagunas profundas en el dominio del idioma y en el conocimiento de obras clave como las de August Strindberg o Selma Lagerlöf. «Era como si hubieran sido abandonados a su suerte», señala. La pregunta que surge es clara: ¿quién debe garantizar que todos los estudiantes, independientemente de su origen socioeconómico, tengan acceso a estos pilares culturales?
Recientemente, el escritor Martin Aagård criticó en Dagens ETC la idea de imponer una canon literaria obligatoria, argumentando que los profesores deberían tener libertad para decidir qué leer. Lindquist responde que esta postura ignora una realidad incómoda: no todos los docentes tienen la misma formación o motivación para enseñar literatura clásica. «¿Qué pasa con los alumnos que se encuentran con profesores que ni siquiera leen libros, o que provienen de entornos donde la lectura nunca fue una prioridad?», cuestiona. La educación no puede depender de la casualidad o del azar de tener un profesor apasionado.
La canon como puente, no como muro
Defender una canon literaria no es, según Lindquist, un acto de elitismo, sino una forma de garantizar equidad. «Se trata de asegurar que todos los estudiantes, sin importar su procedencia, tengan acceso a referentes culturales que hoy solo disfrutan los privilegiados», argumenta. La canon no sería un listado cerrado y rígido, sino un marco común que permita a los docentes complementarlo con otras obras, perspectivas internacionales y expresiones artísticas diversas. «La libertad del profesor sigue existiendo, pero sobre una base sólida y compartida», aclara.
El verdadero peligro, advierte, no es imponer una lista de autores, sino permitir que la desigualdad cultural se perpetúe. «En un aula, los estudiantes pueden descubrir a Strindberg. en otra, pasar de largo sin que nadie les hable de él. ¿Es eso justo?», pregunta retóricamente. La canon, en su visión, es una herramienta para integrar, no para excluir. «No se trata de negar la diversidad, sino de ofrecer a todos las mismas oportunidades para enriquecerse con nuestra historia cultural», concluye.
Para Lindquist, el debate no debería centrarse en si la canon es o no necesaria, sino en cómo la escuela puede convertirse en un espacio que realmente promueva la inclusión cultural. «El riesgo no es Lars Trägårdh, sino que miles de jóvenes nunca lleguen a conocer las voces que han dado forma a su país», sentencia.

