México enfrenta una crisis crítica con el sarampión, registrando un aumento constante de contagios y decenas de fallecimientos a nivel nacional. La pregunta central es cómo una enfermedad que se consideraba controlada ha resurgido con tal fuerza.
Las autoridades de salud mexicanas han atribuido el brote al “contexto global”, argumentando que el repunte es un reflejo de tendencias observadas en otros países. Sin embargo, un análisis más detallado de los datos nacionales revela que la situación en México es significativamente más grave que en otras naciones, lo que sugiere fallas estructurales en el sistema de salud pública.
Si bien es cierto que el sarampión ha experimentado un resurgimiento a nivel mundial, con más de 552.000 casos sospechosos registrados por la OMS en 2025 y una disminución en las coberturas de vacunación debido a la atención centrada en el COVID-19, la situación en México es particularmente preocupante.
A febrero de 2026, México acumula más de 9.400 casos confirmados desde finales de 2025, superando con creces los 14.891 casos registrados en todo el continente americano durante 2025. Esto convierte a México en el epicentro del problema en el hemisferio, concentrando una parte significativa de los contagios en Norteamérica.
La letalidad del sarampión en México también es alarmante, con 29 fallecimientos confirmados en siete estados. Chihuahua lidera la lista con 21 muertes, seguido por la Ciudad de México con dos y Jalisco, donde se concentra el 60% de los casos de 2026. La transmisión activa del virus en 32 estados y 335 municipios indica una falla en los mecanismos de control epidemiológico.
Según la prensa local, las causas de esta situación se remontan al desmantelamiento de los sistemas de vigilancia y al colapso del sistema de vacunación rutinario, afectando a niños de entre 1 y 4 años. A pesar de que las autoridades sanitarias afirman haber aplicado millones de dosis de vacuna contra el sarampión, la rubéola y la parotiditis, las coberturas en zonas rurales son inferiores al 95% necesario para lograr la inmunidad de rebaño. A esto se suma la alta movilidad poblacional, la desinformación sobre las vacunas y una respuesta tardía que priorizó la narrativa política sobre la contención sanitaria.
Imágenes | Jezael Melgoza
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