El sarcoma de Kaposi (SK) evidencia una de las disparidades más profundas en la atención oncológica a nivel mundial. Mientras que en los países de altos ingresos la enfermedad se encuentra mayormente controlada gracias a la terapia antirretroviral (TAR), en el África subsahariana sigue provocando una mortalidad significativa debido a los desafíos de infraestructura, el diagnóstico tardío y el acceso limitado al tratamiento.
Dos realidades globales para una misma enfermedad
En Estados Unidos y otras naciones desarrolladas, el sarcoma de Kaposi se ha convertido, para muchos clínicos, en una enfermedad ligada al recuerdo histórico. Se ha llegado al punto en que una generación de dermatólogos ha ingresado al ámbito laboral habiendo visto solo uno o dos casos, los cuales fueron diagnosticados mediante biopsia en lugar de reconocimiento clínico.

Sin embargo, en el África subsahariana, el SK dista mucho de ser un vestigio del pasado. En esta región, se mantiene como la segunda o tercera causa principal de cáncer y es una de las causas líderes de mortalidad oncológica.
Cifras y barreras en la atención
La magnitud de la desigualdad es evidente en los datos globales: el 73% de los casos de sarcoma de Kaposi en todo el mundo ocurren en el África subsahariana, y aproximadamente el 80% de estos casos están asociados al VIH.
La marcada divergencia entre la atención recibida en una clínica de VIH con recursos en Nueva York y la realidad de un país de bajos ingresos sin acceso confiable a la terapia antirretroviral (TAR) representa una de las inequidades más graves de la oncología global en la actualidad.
