Dificultad para concentrarse, problemas de memoria y decisiones alteradas. Un estudio publicado en la revista Nutritional Neuroscience establece una correlación estadística entre el consumo diario de refrescos o bebidas deportivas y trastornos cognitivos significativos en estudiantes de secundaria estadounidenses, con el sueño como principal factor de transmisión.
La investigación, realizada por Shuo Feng, investigador del departamento de comportamientos de salud de la Universidad Texas A&M y dada a conocer en febrero de 2026, se basa en datos de la encuesta Youth Risk Behavior Surveillance Survey (YRBS) de 2021, administrada por los Centers for Disease Control and Prevention (CDC). El análisis incluyó a 8.229 estudiantes de secundaria de todo el territorio americano.
Los hallazgos principales difieren de estudios anteriores, que a menudo se centraban únicamente en los riesgos metabólicos. En este caso, la cognición es primordial. Los adolescentes que consumen refrescos a diario reportan significativamente más dificultades para concentrarse, memorizar información o tomar decisiones, tanto en chicos como en chicas.
El sueño, un eslabón débil en una cadena tóxica
El mecanismo identificado no es casual. La cafeína presente en estas bebidas bloquea la adenosina, la molécula cerebral que regula el sueño. Como resultado, se reduce el tiempo de descanso y el cerebro adolescente –aún en pleno remodelaje del córtex prefrontal– se ve privado de un recurso esencial para la consolidación de la memoria.
El azúcar, por su parte, sigue otra vía. Al activar el sistema dopaminérgico mesolímbico –el circuito de recompensa que el cerebro también moviliza ante el alcohol o la cocaína–, genera un aumento de dopamina que refuerza mecánicamente la repetición del comportamiento. Consumido diariamente durante la adolescencia, este exceso altera progresivamente las neuronas inhibidoras del córtex prefrontal, las mismas que gobiernan la toma de decisiones y el control de los impulsos. Estudios en roedores han demostrado que los animales alimentados con exceso de azúcar tienen más dificultades para controlar sus comportamientos, una señal de alarma que los investigadores ahora trasladan al cerebro humano en desarrollo.
También se ha documentado el impacto en el hipocampo, una región clave para la memorización. Las dietas ricas en azúcar reducirían la formación de nuevas neuronas en esta zona, al tiempo que aumentarían los marcadores de inflamación cerebral. En otras palabras, el deterioro cognitivo no solo se produce por la falta de sueño, sino que también se instala directamente en los circuitos de la memoria.
Los peligros de los refrescos para la salud física de los jóvenes no son una novedad. Ya en 2021, un estudio publicado en Translational Psychiatry documentó un impacto directo de las bebidas azucaradas en el hipocampo, una región cerebral crítica para el aprendizaje. La ANSES alertó, desde 2019, sobre el consumo excesivo de azúcar añadido en niños franceses, afectando al 75% de los niños de 4 a 7 años. La novedad reside en la precisión del vector: es a través del sueño que se instala el deterioro cognitivo.
Las niñas, un objetivo más vulnerable de las bebidas deportivas
El resultado más inesperado concierne a las bebidas deportivas. Su relación con los trastornos cognitivos es estadísticamente sólida en las niñas, pero no se observa claramente en los niños. La explicación se encuentra en la neuroquímica hormonal de la adolescencia.
El estradiol –la forma dominante de estrógenos en la pubertad– desempeña un papel activo en la plasticidad sináptica: favorece la formación de nuevas sinapsis, refuerza la transmisión de señales entre neuronas y estimula la vascularización cerebral. Investigaciones publicadas en el Journal of Neuroscience han establecido una relación directa entre los receptores de estrógenos presentes en el córtex y la capacidad del cerebro para crear o modular sus redes sinápticas, el sustrato mismo del aprendizaje y la memoria. Perturbar este equilibrio hormonal debilita una arquitectura cerebral en construcción.
Sin embargo, las bebidas azucaradas, al sobrecargar crónicamente el circuito dopaminérgico, desregulan precisamente las zonas cerebrales donde el estradiol ejerce su influencia protectora. En las adolescentes, cuyo cerebro aún depende en gran medida de esta regulación hormonal, la exposición diaria a estos disruptores nutricionales crearía una ventana de vulnerabilidad específica –un término que los investigadores en neuroendocrinología también utilizan para describir la exposición de la adolescente al alcohol durante los picos de estrógenos–.
Paradójicamente, las bebidas deportivas contienen menos azúcar que los refrescos –aproximadamente 34 gramos por 60 cl, frente al doble para una cantidad equivalente de refresco–. Un contenido menor que no inmuniza contra los efectos cognitivos, al menos en las adolescentes.
Shuo Feng subraya las limitaciones de su trabajo: el estudio es transversal, capturando un momento específico en el tiempo sin poder establecer una causalidad formal. Se necesitan investigaciones longitudinales para confirmar estas asociaciones y determinar a partir de qué umbral de consumo los efectos se vuelven irreversibles.
Fuente: Feng S., «Sugar-sweetened beverages, sleep duration and cognitive difficulties in adolescents», Nutritional Neuroscience, 2026. DOI: 10.1080/1028415x.2025.2598554
