En la década de 1970, un grupo de amigos residía en un apartamento en Kensington Market, ubicado sobre una tienda de telas. Debido a la cercanía y la frecuencia de sus visitas – varias veces por semana – no sentían la necesidad de acudir al Mercado de St. Lawrence. El autor expresa ahora su pesar por no haberlo visitado con mayor regularidad.
Reflexiona sobre la nostalgia de aquellos días, evocando una época que parecía interminable. La idea de una Toronto sin el Mercado de St. Lawrence le resulta impensable, aunque reconoce que la ciudad que conoció en su juventud ya no existe.
