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“Ampliar horizontes, pero mirando al interés nacional”. Ese es el mensaje con el que sir Keir Starmer llega a la corte de Xi Jinping, con la firme intención de restablecer el diálogo entre el Reino Unido y el gigante asiático. Un objetivo compartido por otros aliados occidentales, desde la Unión Europea hasta Canadá, que se ven obligados a renovar su atención hacia Asia en un momento de tensiones con Estados Unidos, bajo la sombra de Donald Trump.
El primer ministro laborista británico no hace referencia explícita a este contexto, consciente de la importancia que, en su visión, tiene la histórica “relación especial” con Washington.
Sin embargo, esta consideración se hace evidente desde su llegada a China, donde permanecerá tres días, entre Pekín y Shanghái, y donde en las próximas horas le espera una cumbre clave con Xi Jinping tras una impecable bienvenida oriental en el aeropuerto, con flores y sonrisas de cortesía.
“Avanzar en los temas en los que estamos de acuerdo y discutir los que no lo están”, es el mantra que repite a los periodistas que le acompañan, acompañado de una nueva crítica indirecta –poco común– a Estados Unidos, esta vez sobre los “preocupantes” tiroteos de la policía antiinmigración del ICE en Minneapolis.
La primera visita de un primer ministro británico desde 2018
La visita, que precede a una etapa en Japón, es la primera a China de un jefe de gobierno británico desde 2018. Además, permite a Starmer alejarse por unos días de los problemas derivados de su impopularidad récord en su país, donde su débil liderazgo moderado también está siendo cuestionado dentro del Partido Laborista.
Le acompaña desde Londres una amplia delegación, integrada por el ministro de Comercio, Peter Kyle, y la número dos del Tesoro, Lucy Rigby, así como una sesentena de destacados empresarios y representantes del mundo de la cultura.
Una clara señal de la voluntad de revitalizar las relaciones “pragmáticas” con el Dragón y aprovechar las “oportunidades” de una cooperación renovada (especialmente en los ámbitos económico y comercial), que, según un comunicado chino, se traducirá en acuerdos sobre “energía verde, sanidad, industrias creativas” y nuevas tecnologías, incluida la inteligencia artificial.
Todo ello dejando en un segundo plano las cuestiones que alimentan la polémica política anti-china en el Reino Unido, desde las acusaciones de espionaje e injerencia, hasta las relativas a la represión de los derechos humanos en la antigua colonia británica de Hong Kong o contra los uigures musulmanes en Xinjiang: temas que sir Keir promete abordar solo de forma genérica.
El Reino Unido busca «un socio estable»
Para Starmer, la prioridad, además de la espinosa discusión sobre las crisis internacionales más graves, como la guerra en Ucrania y la situación en Oriente Medio, es poner fin a las “fluctuaciones entre la edad de oro” invocada en las relaciones bilaterales durante los gobiernos de Blair o Cameron y la “era del hielo” y las sospechas mutuas más recientes.
En un contexto en el que, según admiten a regañadientes varios analistas británicos, el poder reside ahora en gran medida en manos de China.
Tanto en el ámbito económico, con estimaciones del PIB de 20 billones de dólares y un crecimiento anual del 5%, frente a los 4 billones y el escaso 1,5% de Gran Bretaña, como en el político, donde –como señala Yu Jie, investigadora principal de la Chatham House– el Reino Unido busca “un socio estable” que compense las “perturbaciones” globales provocadas por la política trumpiana y reactive la inversión extranjera directa en la isla, que se ha reducido al 0,7% del total.
Pekín mantiene cierta cautela
Un “juego” en equilibrio precario que no está exento de detractores en el Reino Unido y ante el cual Pekín también mantiene cierta cautela condescendiente, a pesar de la reciente aprobación esperada desde hace ocho años del controvertido proyecto de una nueva megaembajada china en el corazón de Londres. Esto se debe a los altibajos de la última década, las acusaciones cruzadas y las presiones estadounidenses que probablemente volverán a surgir si el viento cambia.
No se deben ignorar, además, las reacciones inmediatas de Donald Trump, ya furioso con Bruselas por la apertura paralela de la Unión Europea al otro gigante asiático, India, o con Canadá, amenazado con nuevos aranceles estadounidenses del 150% por el “acuerdo estratégico” recién firmado con China por el primer ministro Mark Carney, en una misión similar a la de Starmer.
