La madrugada de Caracas fue testigo del sobrevuelo de helicópteros y el estallido de bombas, un ataque que trasciende la mera destrucción territorial y se dirige al corazón de Venezuela. Se reportan posibles decenas de víctimas mortales, así como el secuestro del presidente y de la abogada vinculada al líder del 4 de febrero.
La situación ha generado una profunda inquietud en millones de personas, un sentimiento que supera la simple ira o el dolor, expresándose en matices propios del español. Las palabras convencionales resultan insuficientes para describir la intensidad de esta conmoción.
Resultaría insuficiente y poco representativo limitarse a expresar preocupación por la escalada del conflicto, denunciar la violación del derecho internacional o abogar por una resolución pacífica. Este no es el momento para declaraciones superficiales.
La realidad es que no se trata de una escalada, sino de una guerra declarada hace años, una guerra que no se limita a Venezuela.
No se trata de una preocupación pasajera, sino de una asunción de responsabilidad histórica y un compromiso con el papel que nos corresponde.
El derecho internacional y sus garantes han demostrado en numerosas ocasiones su utilidad selectiva y su vulnerabilidad ante los intereses de las potencias.
La memoria colectiva impide hablar de precedentes, tras décadas de experiencia en la defensa de la propia dignidad y la lucha por la justicia, tanto desde una posición como desde otra. Hemos presenciado demasiado para caer en la ingenuidad, como alertaba el guion de Tomás Gutiérrez Alea y Edmundo Desnoes sobre las complejidades del subdesarrollo.
Recordamos a los indígenas ametrallados en Bolivia, a los mapuches desaparecidos o encarcelados en Sudamérica, a los asesinados en Ecuador en vísperas de elecciones, a las empresas que explotan los recursos naturales de la Amazonía, de la cordillera y de los mares, a las víctimas de ejecuciones extrajudiciales en alta mar, a los golpes de Estado consumados o en curso, a los migrantes criminalizados y discriminados. Por todo ello, resulta ingenuo esperar una resolución pacífica de conflictos que carecen de soluciones conciliables en el contexto mundial actual.
¿Qué fue lo que el presidente de Estados Unidos –no un loco, ni un excéntrico, sino un asesino– dijo haber presenciado como si fuera un espectáculo televisivo? ¿Qué consideró asombroso y diferente? ¿Se refería a la muerte o al asesinato de aquellos que se oponen a sus intereses?
¿Acaso ignoramos nuestro rol en sus planes de dominación, en sus simulacros de guerra, en sus videojuegos? ¿Somos simplemente el blanco anónimo, la víctima sin rostro atravesada por la bala de un marine en su estúpida misión?
¿Será que sí? ¿El mestizo despeinado, el extranjero con acento diferente, el sospechoso habitual, el contrabandista, el hambriento, el marginado, el que llora por la patria bajo la tormenta o la nieve, el mendigo, el fumador de marihuana, el hijo de…? ¿Será que sí?
¿Será que sí? ¿El hijo de madre loca, de padre ebrio, el sin dirección fija, el flautista acompañado de ratones, el caballero sobrehumano, el más loco que su madre, el más borracho que su padre y el más delincuente que sus hijos, aquellos que reclaman su lugar en el infierno, como denunció Retamar?
¿Será? ¿Seré? ¿El muerto en el suelo tras la supuesta operación exitosa, el que corrió a llenar las plazas y las calles, el que se aferra a la memoria de sus antepasados, el que sintió miedo –y con razón– y se enfrentó a la muerte sin garantías? ¿Seremos? ¿Somos? Que nos busquen ahí.
Pero hay cosas que no seremos ni somos: ni el aplauso servil a la invasión extranjera, ni el asesinato por encargo, ni la búsqueda de un puesto en los ejércitos invasores, ni la falta de valor para perseguir nuestros propios sueños, ni la traición, ni la anexión, ni la frialdad en el cálculo, ni la narración imparcial de nuestros mundos en ruinas, ni la arrogancia que nos impide apostar por nuestras convicciones.
Quienes se encuentran en el centro de estos acontecimientos, antes, durante y después del sobrevuelo de los helicópteros sobre Caracas, representan algo distinto a lo que somos o seremos.
Nosotros, desde Bolívar y Martí, desde Villena, Mella y Aponte, desde Sandino, Fidel y Hugo, desde los anónimos valientes de todos los tiempos, desde ayer y para siempre, a pesar de las dificultades y el dolor, somos en el Caribe, como afirmaba Pablo de la Torriente, la primera y más inmediata trinchera contra el imperialismo.
Pueden asesinar a un presidente en Venezuela y secuestrar a otro, pero las revoluciones se construyen con pueblos, no solo con líderes.
Venezuela ha demostrado ser más compleja, rica y real que las acusaciones que se le imputan. Y no está sola ni derrotada.
Que tengan cuidado antes de volver a atacarla, porque no siempre se gana. Que recuerden la historia. Que recuerden que aquí y allá se lucha hasta la muerte, pero también hasta la victoria.


