Dos términos están ganando protagonismo en las últimas horas: estrategia de salida. Traducidos al español, se refieren a buscar una vía de escape al conflicto en Irán. Esta sería la consideración del presidente estadounidense Donald Trump tras decidir, a finales de febrero (junto con el líder israelí Benjamin Netanyahu), el ataque a Teherán sin tener una idea clara, al menos desde Washington, del objetivo final de la guerra. A juzgar por las acciones de Trump, más que una estrategia de salida, parece un verdadero autogol geopolítico.
La Casa Blanca ha decidido desbloquear la compra de petróleo ruso –después de que la guerra en Irán disparara el precio del crudo–, aliviando de facto las sanciones a Moscú, en abierta divergencia con sus aliados europeos y refinanciando así, con fondos estadounidenses, las arcas rusas. Fondos que Moscú podrá emplear en su guerra de agresión contra Ucrania y para apoyar al régimen de los ayatolás.
A esto se suma que Estados Unidos está llevando a cabo gestiones diplomáticas para lograr la reunión anunciada este año entre Trump y el presidente chino Xi Jinping, otro aliado de Teherán (que continúa permitiendo el paso de petróleo hacia Pekín a través del Estrecho de Ormuz, actualmente bloqueado). Mañana y pasado mañana, según anunció el Departamento del Tesoro estadounidense, el secretario Scott Bessent y el viceprimer ministro chino He Lifeng se reunirán en París. Es interesante destacar las palabras de Bessent al respecto: «Gracias a los vínculos de respeto mutuo entre el presidente Trump y el presidente Xi, el diálogo comercial y económico entre Estados Unidos y China está progresando».
En los últimos días, la reacción de Pekín, a pesar de la guerra en Irán, ha sido calmada, con palabras de condena a la acción israelí-estadounidense pero sin movimientos bruscos, ni siquiera en relación con Taiwán, que China considera parte de su territorio. La impresión, al analizar las acciones de Trump con respecto a Rusia y China, es que más que una estrategia de salida, el presidente estadounidense busca el apoyo de Putin y Xi para inducir a Irán a la moderación en sus respuestas militares ante los ataques de Estados Unidos e Israel.
En este escenario, para completar el rompecabezas del autogol trumpiano, aún faltan algunas piezas. La primera es haber dejado, de hecho, en manos de Israel la decisión sobre el momento y la conducción de los ataques contra Irán. La segunda, haberse colocado –como señaló el ministro italiano de Defensa, Guido Crosetto (que no es el español Pedro Sánchez, dadas las excelentes relaciones entre la presidenta del Consejo italiano, Giorgia Meloni, y Trump)– fuera del derecho internacional, empujando a los aliados europeos (desde Francia hasta el Reino Unido y España) a adoptar una postura de distanciamiento o reservas.
No haber informado a la Unión Europea ni a las principales cancillerías del Viejo Continente sobre el ataque a Irán, además de romper la confianza mutua entre los aliados occidentales, ha provocado un creciente enfriamiento de las relaciones, ya tensas por las políticas estadounidenses en materia de aranceles. Podríamos llamarlo síndrome de desertificación, un síndrome que se aplica no solo a las relaciones con los aliados, sino también a la tríada de poder en Washington, ya que Trump, tras rodearse de halcones en la Casa Blanca, desde JD Vance hasta Marco Rubio, pasando por el desastroso ministro de Guerra Pete Hegseth, se ha encontrado confundiendo –en términos de capacidad de resistencia y estructura de régimen– al Irán de los ayatolás con Venezuela.
En cuanto a Italia, que con la presidenta del Consejo, Giorgia Meloni, y su gobierno de centro-derecha ha intentado actuar como puente entre Trump y Europa, primero en lo relativo a los aranceles y luego en algunas decisiones arriesgadas de la política exterior estadounidense, ahora se encuentra desorientada. Y la prueba de esta situación son las palabras del ministro de Defensa, Guido Crosetto, sobre lo que Italia y la Unión Europea deben hacer: «No fuimos consultados (…). Ahora no podemos hacer más que tomar todas las posibles contramedidas para proteger a nuestros ciudadanos, a nuestros militares y a nuestra economía».
di Massimiliano Lenzi
