El renovado interés de Donald Trump en los minerales críticos ha devuelto a Asia Central a la agenda estratégica de Estados Unidos, evidenciado por la cumbre C5+1 que priorizó las promesas de inversión, el acceso a recursos y los acuerdos bilaterales por encima de la coordinación regional. Este compromiso señala un notable regreso de Estados Unidos a una región históricamente influenciada por Rusia y China, pero su enfoque transaccional y extractivo corre el riesgo de reforzar la fragmentación y deja incierta la sostenibilidad de los beneficios para Asia Central.
U.S. President Donald Trump hosted the leaders of the five Central Asian nations (Kazakhstan, Kyrgyzstan, Tajikistan, Turkmenistan and Uzbekistan) for the 10th annual C5+1 summit at the White House on November 6th, 2025.
El énfasis renovado de Trump en los minerales críticos ha reposicionado a Asia Central en el mapa estratégico de Washington. Este cambio quedó patente durante una reciente reunión en la Casa Blanca entre el presidente estadounidense, Donald Trump, y los líderes de Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán, celebrada bajo el marco de la C5+1. A través de esta plataforma, Estados Unidos ha manifestado su intención de profundizar el compromiso bilateral y regional con Asia Central, considerando a la región no solo como un socio de seguridad, sino como un pilar potencial en la diversificación de las cadenas de suministro globales.
A juzgar por el tono de los discursos y los acuerdos anunciados, todas las partes parecían satisfechas tras su encuentro en el Despacho Oval. Trump anunció en Truth Social que Uzbekistán planeaba adquirir e invertir más de 100 mil millones de dólares en Estados Unidos durante la próxima década, centrándose en minerales críticos, autopartes y aviación. Kazajistán también firmó acuerdos comerciales por valor de 17 mil millones de dólares con empresas estadounidenses y se comprometió a adquirir hasta 15 aviones Boeing. El presidente kazajo, Kassym-Jomart Tokayev, anunció además que su país se adheriría formalmente a los Acuerdos de Abraham, un paso simbólico que alinea a Kazajistán con una creciente red de acuerdos de normalización entre Israel y naciones de mayoría musulmana. Tokayev incluso calificó la cumbre como “el comienzo de una nueva era de interacción entre Estados Unidos y Asia Central”, mientras que Trump declaró que la región era “extremadamente rica” y “una de las partes más importantes, pero descuidadas, del mundo”.
Este encuentro contrasta marcadamente con la forma en que Estados Unidos se ha relacionado con Asia Central en los últimos años. Aquellos familiarizados con las relaciones entre Estados Unidos y Asia Central saben que la influencia estadounidense en la región ha estado en declive durante mucho tiempo. Aunque la retórica de Washington continuó enfatizando que Asia Central sigue siendo importante, la región ya no ocupa la prioridad estratégica que tenía hace una década, cuando la política estadounidense se centró en gran medida en la Operación Libertad Duradera en Afganistán.
La retirada de Estados Unidos de Afganistán en 2021 dejó un sabor amargo. Muchos en Asia Central llegaron a ver a Estados Unidos menos como una fuerza estabilizadora y más como una fuente de volatilidad regional. Los medios de comunicación rusos amplificaron estas percepciones, retratando a Estados Unidos como una potencia distante con compromisos fugaces y una comprensión limitada del complejo entramado político de la región. En este contexto, el renovado compromiso de Trump marca un cambio notable en el tono y la ambición. Sorprendentemente, Washington ahora parece ansioso por regresar a una región dominada durante mucho tiempo por Rusia y China. Como señaló Trump, “Lamentablemente, presidentes estadounidenses anteriores descuidaron por completo esta región. Entiendo la importancia de esta región, pero mucha gente no lo sabe”.
La plataforma C5+1 se concibió originalmente para promover la coordinación regional y alentar a los cinco estados de Asia Central a actuar colectivamente en respuesta a la creciente influencia de Rusia y China. Con el tiempo, se consideró un foro potencial para construir una identidad regional compartida y para ayudar a las cinco repúblicas a hablar con una sola voz sobre cuestiones económicas y de seguridad clave.
Sin embargo, esta última cumbre parece haber transformado ese marco en una serie de compromisos bilaterales. Cada líder se reunió individualmente con Trump para discutir acuerdos nacionales, promesas de inversión y asociaciones específicas de cada país. La cumbre reflejó así la preferencia de Washington por el bilateralismo transaccional en lugar de la promoción de un frente regional asiático central unificado.
Este enfoque se alinea estrechamente con la agenda más amplia de “America First” de Trump, que favorece los acuerdos pragmáticos que sirven a los intereses económicos de Estados Unidos, al tiempo que reduce la prioridad de los marcos regionales colectivos. Si bien este bilateralismo puede producir resultados rápidos, corre el riesgo de socavar los propios esfuerzos de la región para profundizar la cooperación intraregional. En lugar de empoderar a los países de Asia Central para fortalecer su voz regional, Estados Unidos parece estar reforzando un patrón de diplomacia fragmentada.
Igualmente revelador fue el cambio en el énfasis político: de la cooperación en materia de energía sostenible a la extracción de recursos. Las discusiones en la cumbre se centraron en la exploración y exportación de minerales críticos como el uranio, el cobre y las tierras raras. Estos recursos son vitales para la transición mundial hacia una energía limpia, pero su extracción también refleja la renovada priorización de la competitividad industrial y la ventaja tecnológica en Estados Unidos.
Este cambio subraya cómo la política exterior bajo Trump difiere marcadamente de la de administraciones anteriores. En lugar de centrarse en la sostenibilidad energética a largo plazo o el desarrollo regional, el énfasis ahora recae en asegurar el acceso inmediato a materiales estratégicos esenciales para las tecnologías de inteligencia artificial, las industrias de defensa y la transición energética en general. En este sentido, la cumbre sirvió tanto como una declaración diplomática como económica, destacando la intención de Trump de vincular directamente el compromiso externo con los intereses industriales estadounidenses.
Las implicaciones regionales del regreso de Estados Unidos son complejas. Tanto Rusia como China han considerado durante mucho tiempo a Asia Central como su patio trasero estratégico. Para ellos, Estados Unidos sigue siendo un adversario, y ambos países es poco probable que toleren un regreso estadounidense asertivo a su periferia compartida. Sin embargo, como demuestra la práctica, las grandes potencias a veces pueden encontrar intereses comunes en Asia Central.
Incluso en medio de la competencia geopolítica, Estados Unidos, China y Rusia han cooperado históricamente, ya sea en la lucha contra el terrorismo, la lucha contra la radicalización o la lucha contra la delincuencia transnacional. Si bien la rivalidad acapara los titulares, todavía existen áreas donde podría surgir una coordinación pragmática, particularmente en el comercio, la infraestructura y la seguridad.
Al mismo tiempo, los estados de Asia Central no son actores pasivos. Los líderes de la región se han vuelto cada vez más hábiles para aprovechar la competencia entre las grandes potencias para promover sus propias agendas. Buscan atraer inversiones, tecnología y atención política de todas las partes, al tiempo que mantienen un delicado equilibrio para preservar la autonomía.
La cumbre C5+1 de 2025 marca un punto de inflexión en la evolución de las relaciones entre Estados Unidos y Asia Central. Señala un renovado interés estadounidense en la región, pero a través de una lente decididamente transaccional. El enfoque en los minerales críticos y los acuerdos de inversión ilustra el pragmatismo estratégico de Washington, pero también destaca su capacidad limitada para inspirar una visión regional compartida.
Para Estados Unidos, el nuevo compromiso ofrece una oportunidad para reconstruir la credibilidad después de años de negligencia. Pero para Asia Central, esta atención conlleva tanto promesas como riesgos. La afluencia de inversión estadounidense podría estimular la diversificación económica y el crecimiento de la infraestructura, pero sin una estrategia regional coherente, podría profundizar la dependencia y la fragmentación.
En última instancia, si Asia Central va a beneficiarse de esta renovada ola de atención, sus líderes deben fortalecer su propio músculo regionalista construyendo cooperación y confianza por sus propios términos, en lugar de depender de patrones globales cambiantes. Las grandes potencias seguirán compitiendo por la influencia, pero solo una Asia Central más cohesionada y segura puede garantizar que su inmensa riqueza mineral se traduzca en una prosperidad sostenible en lugar de convertirse en otro capítulo en la competencia geopolítica por sus recursos.
El regreso de Washington a la región puede marcar de hecho un nuevo comienzo, pero si esto se convierte en una verdadera asociación o simplemente en otro episodio transaccional en la serie del “Nuevo Gran Juego” dependerá no solo de la determinación estadounidense, sino de la capacidad de Asia Central para hablar y actuar como una región por derecho propio.
