Cuando Donald Trump habla de Cuba, emerge su faceta de magnate. Como si acabara de asegurar los derechos de construcción en una reserva natural, el presidente estadounidense anunció en el Despacho Oval: “Puedo hacer con la isla lo que quiera”. Expresó que sería un gran honor “poder tomar Cuba”, como si la isla caribeña, con sus 110.000 kilómetros cuadrados, fuera una especie de complejo turístico y él el jefe de la compañía turística.
Trump justificó su confianza con el diagnóstico de que Cuba está económicamente al borde del colapso y sin reservas. Observadores señalan que Trump aparentemente planea una solución para Cuba similar a la de Venezuela: la toma de control de una economía socialista popular, no mediante la destitución de sus élites, sino a través de un cambio de rumbo alejándose de China y Rusia y acercándose a Estados Unidos.
Para liderar esta transformación, similar a la que en Caracas asumió la exvicepresidenta Delcy Rodríguez, Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, han designado a Raúl Guillermo Rodríguez Castro. El hombre de 41 años es nieto del exdictador Raúl Castro.
Aunque Cuba no posee enormes reservas de petróleo, es económicamente y estratégicamente relevante para Donald Trump y, probablemente, para sus financiadores de campaña. La cercanía a Florida, playas vírgenes para proyectos turísticos e inmobiliarios, una capital que necesita una renovación importante y puertos modernizables son atractivos. También lo son los importantes yacimientos de metales críticos como el níquel y el cobalto, así como la posibilidad de reducir la influencia de China y Rusia. Además, Estados Unidos podría deportar a cientos de miles de cubanos. Desde 2020, Cuba ha perdido a más de un millón de personas debido a la emigración, principalmente jóvenes y personas bien formadas.
El colapso total que se temía no se produjo, principalmente debido a las negociaciones discretas con Estados Unidos. La conferencia de Estados caribeños celebrada a finales de febrero en St. Kitts y Nevis fue un escenario central para conversaciones a nivel gubernamental, aprovechada por Marco Rubio. Su objetivo: una transición ordenada del poder en La Habana, con la renuncia del presidente Miguel Díaz-Canel a cambio de la eliminación del embargo estadounidense tras 60 años.
En este contexto, surgió el nombre de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido internamente como “Raulito” o “El Cangrejo”, un confidente del líder de la revolución, Raúl Castro. Sin un cargo oficial, el oficial es considerado un intermediario central entre la vieja guardia y Washington. Proviene del complejo de poder más íntimo, compuesto por familia, militares y la economía estatal: su padre controlaba, a través del conglomerado militar Gaesa, partes centrales de la economía cubana, especialmente las que generan divisas.
Como jefe de seguridad de su abuelo durante muchos años, “Raulito” controla el acceso inmediato al verdadero centro de poder, y por lo tanto, quién puede ejercer influencia. Esta posición en la sombra lo convierte en un nudo crucial, pero difícil de alcanzar, para los actores externos. Rubio aparentemente pretende posicionar al nieto de Castro en segundo plano, mientras que se presenta al exterior un nuevo liderazgo dispuesto al diálogo. Este juego de poder también frustra el colapso.
Para mantener al régimen en la mesa de negociaciones y evitar una fuga masiva e incontrolada hacia Florida, se mantuvieron abiertas válvulas humanitarias. A pesar del bloqueo estadounidense, pequeñas entregas de petróleo llegaron a la isla, presumiblemente toleradas en silencio. Al mismo tiempo, las plantas solares construidas por China pudieron estabilizar ligeramente la frágil red eléctrica.
Sin embargo, la situación en Cuba sigue siendo altamente explosiva. A principios de semana, se produjo un apagón en toda la isla y, el viernes por la noche, manifestantes incendiaron un edificio del Partido Comunista en la pequeña ciudad de Morón.
En el exilio cubano de Miami, la solución de Venezuela ya ha provocado indignación. Ahora, muchos acusan a Washington de estabilizar, por cálculos geopolíticos, precisamente las estructuras de poder que se han combatido durante décadas. Al final, podría llegar un acuerdo que traiga cambios cosméticos, pero que deje a los Castro en los mandos. Para la población, esto significaría seguir viviendo en la subsistencia, sin participación política, hasta que lleguen las constructoras de Florida.
